Ser optimista es de valientes

“El pesimismo tiene un prestigio intelectual que no merece” cito a José Antonio Marina con orgullo e identificándome al cien por cien con esta frase que me parece arrolladora.
 
Desarrollo personal06/05/2026 Por Gabriela Romano

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Lo pensaba el otro día caminando por el campo, rodeada de amapolas, con mi perro feliz sin cuestionarse absolutamente nada y viviendo el presente. Yo por el contrario con mil pensamientos rondando mi cabeza y reflexionando sobre una charla del psicólogo Carlos Cantero que me dejó varias ideas revoloteando por mi geminiana cabeza. A veces pareciera que ser pesimistas nos hace ver “más profundas”, como que sabemos más, como que tenemos la capacidad de ver el futuro y saber que no hay nada que hacer, sin darnos cuenta que estamos milienizando conductas que nos colocan en el punto opuesto del bienestar. Parece que cuando hablamos desde ahí entendemos mejor el mundo, como si estar al tanto de todas las tragedias nos diera una especie de autoridad emocional. Y, sin embargo, cuando hablamos de felicidad —como apunta Jorge Cantero— puede sonar incluso ingenuo, incluso infantil.

Pero, ¿y si no va de elegir entre una cosa u otra? ¿Y si existe un punto medio entre el positivismo tóxico y un optimismo consciente, responsable, comprometido con una vida con sentido? Porque no, no se trata de ir por la vida diciendo “todo pasa por algo” o “no pasa nada” cuando en realidad sí que pasa. Ese tipo de positividad evita el conflicto, y la gran mayoría de las veces es justo en el conflicto donde aparece la evolución, donde creces y donde descubres las miles de posibilidades disponibles que apenas habías considerado.

El pesimismo es rígido, y no deja espacio para los matices. Determina, limita, cierra posibilidades. Y, lo más peligroso: te deja sin acción. Porque si nada tiene solución, ¿para qué intentarlo? el pesimismo me parece incluso un poco vago no “quiere querer” que exista solución porque eso traería también acción o acciones que igual no estamos comprometidos a siquiera intentar.

Ahí es donde el optimismo —el de verdad— se vuelve interesante, porque no es ingenuo sino todo lo contrario, es muy exigente. El optimismo no personaliza todo lo que ocurre como menciona Jorge Cantero en su charla;  entiende que lo que sucede no es algo personal sino son parte de la vida que se sucede, de los cambios, de la evolución. No dramatiza cada evento como una catástrofe sino que lo observa en contexto lo que le permite tener perspectiva y actuar en consecuencia.

Ser optimista, de esta manera, implica algo que no siempre nos apetece: moverte, pensar, proponer, actuar.

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El pesimismo, en cambio, ahorra energía. No hay soluciones, no hay caminos, no hay responsabilidad. Te deja quieta. Y eso, aunque parezca cómodo, te desconecta de tu propia capacidad de transformar, limita tu felicidad y te deja sin esperanza; lo cual para mí no es negociable una vida en la que no se contemple la posibilidad de ir más allá de lo evidente.

El optimismo te obliga a ser valiente. A sostenerte entre lo que es y lo que podría ser. A habitar esa tensión sin ansiedad, sin desesperación, pero con intención y propósito. Te alimenta a vivir con fe, porque sabes que hay posibilidades incluso cuando no tienes evidencia. Te anima a visualizar la certeza —muy interna— de que hay más posibilidades de las que estás contemplando ahora mismo. Y eso, aunque incomode, también es poder.

Porque desde ahí puedes observar, ajustar, accionar. No desde la negación, sino desde la apertura.

Y aquí viene la parte interesante (y respaldada por ciencia): el optimismo no solo se siente bien, también funciona. Estudios en psicología positiva han demostrado que las personas con una visión optimista tienden a tener mejor salud física, mayor resiliencia frente a la adversidad y una mayor capacidad para encontrar soluciones a los problemas. Incluso se ha relacionado con menor riesgo de enfermedades cardiovasculares y mayor longevidad. No es magia; se trata de biología.

1 (3)¿Qué es el amor? ¿Y de qué nos sirve?

Antes no se hablaba de felicidad en universidades como Harvard. Hoy existen cátedras completas sobre bienestar. Algo está cambiando.

Y no, ser optimista no significa evitar los problemas. Significa entender que no son permanentes, que tienen fecha de caducidad. y sobre todo que no definen todo tu mapa.

Para mí, además, el propósito tampoco es algo tan elevado o complejo como nos lo han vendido. No es una misión imposible que hay que alcanzar, ni una etiqueta que tienes que encontrar sí o sí. Es algo más simple —y más honesto—: descubrir tus dones y ponerlos al servicio de los demás. Y aceptar son cambiantes, evolucionan y se transforman junto contigo. Desde ahí, claro que podemos hablar de una vida con sentido. Porque al final, creer en que existe algo mejor de lo que ves no te hace menos inteligente. Te hace más libre. Ser optimista para mí entonces, no significa que evades los problemas significa que sabes que tienen fecha de caducidad y estás dispuesta a trabajar para que esa fecha llegue más temprano que tarde. 

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