
La comunicación es una oportunidad.

Después de entrevistar a más de cien personas en mi programa de radio, de vender diamantes en el centro neurálgico Diamond Corner en Amberes, de trabajar en el centro de investigación más importantes de México, de llevar la comunicación de una galería para artistas emergentes aquí en España, y de mentorizar a cientos de startups para que enfoquen su mensaje, consigan entrevistas o levanten inversión, puedo sacar una conclusión interesante: a la gente no le da miedo hablar en público, le da miedo ser juzgada.
Sí, nos da miedo pensar qué pueden decir sobre nosotros cuando nos ven al frente de un grupo. Nos da vértigo imaginarnos la mirada ajena, la evaluación constante, el “¿lo estaré haciendo bien?”. Y aquí viene un NETAZO:
Nunca vas a poder controlar lo que otros opinan de ti. N U N C A.
Al entrar en un salón, la gente ya se lleva una primera impresión. Un prejuicio que puede coincidir… o no con lo que eres. Uno puede pensar “qué chica más guapa”, otro “qué ridícula”, otro “qué interesante” y alguien más, sin motivo aparente, puede decidir que le caes mal. ¿Y eso tiene que ver contigo? Absolutamente no. Tiene que ver con la historia, las creencias, la educación y los filtros de quien tienes enfrente.
Entonces, si no podemos controlar lo que otros piensan de nosotros, ¿por qué le damos tanto poder?
Aquí es donde empieza el verdadero trabajo de comunicación. Porque comunicar no es hablar bonito. No es sólo memorizar un discurso perfecto ni sonar como un TED Talk . Comunicar es exponerte. Es plantarte. Es sostener tu voz incluso cuando tiembla. Y sí, eso puede incomodar. Pero también libera.
La comunicación, como yo la entiendo, es una oportunidad para llevar tu mensaje a más personas. Porque eso que tienes que decir puede transformar la vida de alguien más. Y no te puedes permitir no darlo, ni quitarle a otros la oportunidad de escucharte.
La psicóloga Brené Brown lo dice clarísimo: “La vulnerabilidad no es ganar o perder; es tener el coraje de mostrarse cuando no puedes controlar el resultado”.

Yo amo hablar en público. Y aun así, hay tres momentos en los que he sentido nerviosismo. Y, a decir verdad, hasta me dio cierto “gustillo”, porque me permitieron ser más empática con la gente que mentorizo.
Cuando entrevisté en la radio a una de mis mentoras.
Cuando vendí diamantes por primera vez en una feria internacional sin tener suficiente información.
Y cuando la ropa que llevaba a una presentación no me quedaba cómoda.
Desde los 20 años estuve como conductora. Llevaba un programa junto a quien hoy es gobernador de mi ciudad. Me hace gracia recordarlo: éramos compañeros en un programa bastante somnífero, debo admitir. Se llamaba ¿Cómo hacerla? y entrevistábamos a personas muy posicionadas en el mundo empresarial. La mayoría me doblaban la edad, podrían haber sido perfectamente mis padres. Yo no tenía ni idea de empresas ni de emprendimiento.
Recuerdo que, antes de salir al aire, uno de los invitados —director de IBM en ese momento— dijo: “Qué nervios”. Y pensé: WOW… y yo tan tranquila, disfrutando muchísimo de los micrófonos, del foro, del ambiente con el equipo de producción, era emoción no nerviosismo. Ahí entendí algo clave: en ese espacio, yo era la profesional.
Ese aprendizaje me dio tablas. Entendí que mi rol no era saber más que el otro sobre su tema, sino generar confianza, crear un espacio amable donde el entrevistado se sintiera en casa. El otro podía saber muchísimo, pero no tenía la confianza escénica. Yo sí. Y me tocaba contagiarle de la mía.
Sin embargo, cuando entrevisté a mi mentora, tuve esa sensación en el estómago, el no sentirme adecuada o suficiente. No por exponerme, sino por lo que ella pudiera pensar de mí. Y ahí saqué otro NETAZO.
Respiré. Me recoloqué: postura abierta, pies bien anclados, barbilla paralela al suelo. Bajé el ritmo de la respiración. Me dio gusto sentir eso para poder explicar que a mí también me pasa y compartir mis herramientas para controlarlo. Y seguí.
La segunda ocasión fue la falta de conocimiento. Nos pone nerviosos saber que no sabemos. Nos asusta exponernos a preguntas incómodas, quedar mal, sentir que no somos lo suficientemente buenos. Ese síndrome del impostor que se pone tan de moda y que en realidad es falta de seguridad y confianza.
Pero descubrí algo: siempre puedes decir “no lo sé”. Y después, llamar, preguntar, formarte, aprender. La falta de conocimiento no te invalida; te abre camino.
Y la tercera —y muy importante—: sentirnos seguros con lo que somos. Y si no nos gusta, aceptarnos y hacer un trabajo consciente de desarrollo personal. Honrar lo que sí somos. Que lo que llevamos puesto sea algo que nos represente, no un disfraz para encajar. La ropa no habla por ti, pero sí acompaña tu mensaje. Y cuando te sientes cómoda, eso se percibe y proyecta confianza.
Cuando dejas de obsesionarte con el juicio externo, pasan cosas muy interesantes:
Empiezas a hablar más claro.
A decir lo que realmente piensas.
A conectar de verdad.
Y eso es absolutamente power.
Porque es ahí donde generas confianza. Donde inspiras. Donde impactas.
Tú tienes la responsabilidad —sí, responsabilidad— de contagiar a los demás de aquello en lo que crees. De lo que te mueve. De lo que te hace levantarte cada mañana. Ya sea tu producto, servicio,tu historia o tus ganas de cambiar las cosas.
He visto a fundadores brillantes sabotear sus propias ideas por no saber explicarlas. He visto proyectos increíbles quedarse sin inversión porque quien los presentaba estaba más preocupado por “no hacer el ridículo” que por transmitir su visión. Y también he visto lo contrario: mensajes imperfectos con una autenticidad tan potente que era imposible no escuchar.
Porque la gente no conecta con la perfección.
Conecta con la verdad.

Aquí te presento otra verdad incómoda: no todo el mundo te va a entender. Ni te va a comprar. Ni te va a aplaudir. Y ni falta que hace. Como decía Oscar Wilde: “Ser uno mismo es lo único que se puede hacer, porque todos los demás puestos ya están ocupados”.
Así que, en lugar de intentar gustarle a todo el mundo (misión imposible y agotadora), enfócate en algo mucho más estratégico: ser clara con quién eres porque comunicas lo que eres. Lo importante es que te guste quién eres..
Tu mensaje importa más que tu miedo.
La claridad es poder.
Y la práctica no elimina el miedo, pero lo pone en su sitio.
Al final, comunicar es un acto de liderazgo. No necesitas un escenario ni un micrófono para ejercerlo. Cada vez que levantas la mano, cada vez que dices “esto es lo que pienso”, cada vez que decides no quedarte pequeña y abrir micro en el zoom; ahí estás liderando.
Así que la próxima vez que sientas ese nudo en el estómago antes de hablar, recuerda esto:
No es miedo a hablar.
Es miedo a ser vista.
Y ser vista, aunque dé vértigo, también es el primer paso para ser escuchada.
Y cuando te escuchan, estás abriendo una oportunidad para transformar la vida de los demás.
Y eso… no tiene precio.
Tiene poder. Mucho poder.






Día Internacional de la Visibilidad Trans: la urgencia de ser vistas, escuchadas y respetadas




