
Mujer Migrante — Más allá del viaje: cuando el dolor también llega desde lejos
María Piña
Hay momentos en la experiencia migratoria que no se pueden anticipar.
Momentos en los que algo ocurre en tu país…
y lo primero que haces es escribir.
Escribir a quienes sabes que pueden estar allí.
Escribir para saber que están bien.
Escribir con una urgencia que no se puede explicar.
Y después… esperar.
Esperar una respuesta que te calme.
Esperar ese mensaje que confirme que todo está bien.
Porque cuando pasa algo así, lo único que necesitas es saber que las personas que forman parte de tu vida están a salvo.
Esa mañana, mi primera reacción fue esa.
Escribir.
En España… o en cualquier otro lugar.
Preguntar, comprobar, intentar entender.
Porque cuando ocurre algo así, la distancia pesa de otra manera.
Y entonces llega el momento que nadie quiere.
Cuando la respuesta no es la que esperabas.
Cuando una gran amiga te dice que ha perdido a alguien.
En este caso, a su sobrino.
25 años.
Y en ese instante, todo cambia.
Porque deja de ser una noticia.
Deja de ser algo que está pasando “allí”.
Se convierte en algo cercano.
En algo real.
En un dolor que también sientes, aunque estés lejos.
Y ahí entiendes algo que solo quien ha migrado puede comprender.
Que la distancia no te protege del dolor. Solo cambia la forma en la que lo vives.
Porque no puedes abrazar.
No puedes estar.
No puedes acompañar como quisieras.
Y todo ocurre en un lugar intermedio donde el cuerpo está aquí… pero una parte de ti se queda allá.
Y hay algo más que ocurre, aunque a veces no se diga.
Aunque no seas del país en el que sucede la tragedia, hay una forma especial de sentirte unida a su gente.
Porque irremediablemente aparece un pensamiento:
pudo haber sido en mi país.
Con mi familia.
Con mi gente.
En mi tierra.
Y en ese instante, el dolor atraviesa de una manera diferente.
Quizás por eso, al escribir estas líneas, hubo palabras que se quedaron atrapadas en mi garganta.
Ahogadas por el dolor.
Y otras que, simplemente, no fui capaz de nombrar.
Porque el dolor duele.
Y duele mucho.
Porque todas las personas que hemos salido de nuestra tierra convivimos, de alguna manera, con ese miedo.
Ese que no siempre se dice en voz alta.
Ese que aparece en silencio:
¿Y si algún día recibo la llamada que no quiero escuchar?
Y cuando ese pensamiento llega… todo se remueve.
Se derrumba por dentro algo difícil de explicar.
Y luego queda el después.
Ese momento en el que todo pasa… pero dentro sigue.
Porque inevitablemente llega el duelo migratorio.
Ese con el que aprendemos a convivir.
Ese que no siempre se nombra, pero que forma parte de este camino.
Aceptar lo sucedido no significa que deje de doler.
Significa aprender a vivir con ello desde la distancia.
En momentos como estos, la distancia deja de ser solo una circunstancia.
Se convierte en una sensación profunda de no poder hacer todo lo que quisieras.
De no estar donde quisieras.
De no abrazar cuando más hace falta.
Y, aun así, intentas estar.
Con un mensaje.
Con una llamada.
Con un “estoy aquí”.
Y muchas veces también desde lo único que queda cuando no hay más herramientas: orar, acompañar y sostener desde donde se puede.
Quizás esa es una de las partes más invisibles de la experiencia migratoria.
No solo lo que implica reconstruir una vida en otro lugar…
sino lo que sigue viviendo dentro de ti, aunque estés lejos.
Porque hay dolores que no entienden de fronteras.
Que atraviesan.
Que conectan.
Que te recuerdan que, aunque la vida te haya traído hasta aquí, hay una parte de ti que siempre seguirá estando allí.
Mi más sincero abrazo a toda mi gente linda de Venezuela.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo,
María Piña
Periodista y creadora de las Jornadas Mujeres Migrantes


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