“El pesimismo tiene un prestigio intelectual que no merece” cito a José Antonio Marina con orgullo e identificándome al cien por cien con esta frase que me parece arrolladora.
Y sí, lo sé: la época se presta. Cerramos ciclos, abrimos agendas nuevas, nos llenamos de imágenes aspiracionales y, sin darnos cuenta, empezamos a desear cosas que a veces ni siquiera son realmente nuestras. Pero antes de recortar, pegar y proyectar hacia adelante, la invitación es detenerte un momento.
Los estudios más serios sobre bienestar —como el World Happiness Report o la investigación de Harvard sobre desarrollo adulto, que lleva más de 80 años estudiando la felicidad humana— coinciden en lo mismo: la felicidad verdadera no viene de lo que tenemos, sino de cómo nos relacionamos con lo que vivimos.
Aceptar no es resignarse; es reconocer lo que ocurrió sin adornos ni tampoco dramatismos. Es dejar de pelear con la realidad para poder sentir lo que está ahí, sin necesidad de etiquetarlo.
Gracias por estar aquí un domingo más. La semana pasada os hablaba de las palabras que vamos incorporando cuando vivimos entre distintos países y culturas, y de cómo llega un momento en que todas terminan formando parte de nuestra manera de hablar. Esta semana me he quedado pensando en otra cosa que también viaja con nosotras: los objetos.
Hoy, 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, queremos detenernos en algo que parece sencillo y no siempre lo es: escuchar. Escuchar sin juzgar, sin apresurarnos a responder, sin convertir la experiencia de otra persona en un consejo rápido o en una historia ajena. Porque hablar de salud mental también exige revisar cómo acompañamos.
Queridas amigas, gracias por estar aquí un domingo más.
Las mujeres migrantes afrontamos pérdidas, separaciones, incertidumbres y responsabilidades que no siempre podemos detenernos a procesar. Sentir tristeza, miedo o cansancio no significa padecer una enfermedad mental, pero aquello que callamos y acumulamos también necesita un espacio para ser reconocido y cuidado.