Mujer Migrante — Más allá del viaje: cuando te conviertes en extranjera en dos lugares

Queridas amigas, gracias por estar aquí un domingo más...La experiencia migratoria transforma mucho más que un lugar de residencia. También modifica nuestra identidad, nuestra forma de relacionarnos con las raíces y el sentido de pertenencia. Una reflexión sobre el regreso al país de origen y esa sensación, tan común entre nosotras, las mujeres migrantes, de convertirnos en extranjeras tanto en la tierra que dejamos como en la que nos acogió.
Mujer Migrante05/07/2026María PiñaMaría Piña

Mujer migrante más allá del viaje
Mujer migrante más allá del viaje

Hablar de migración suele llevarnos a pensar en la partida.

En el día en que hicimos las maletas.

En el aeropuerto.

En la despedida.

En todo lo que dejamos atrás.

 

Sin embargo, existe otra experiencia de la que se habla menos y que, para muchas mujeres migrantes, resulta igual de transformadora: regresar.

No regresar para quedarse unos días de vacaciones. Regresar para reencontrarte con una parte de ti que creías intacta. Y descubrir que ya nada es exactamente como lo recordabas.

Lo comprobé cuando volví a mi tierra natal, Santo Domingo; República Dominicana, en 2024.

Llevaba años construyendo mi vida lejos de ella y, como tantas otras mujeres migrantes, imaginaba ese regreso como una especie de encuentro con mis raíces. Pensaba en recorrer las calles de siempre, visitar los lugares que marcaron mi infancia y volver a sentir esa familiaridad que tantas veces había echado de menos desde la distancia.

Pero algo ocurrió. Los lugares seguían ahí. Y, sin embargo, eran distintos. Habían aparecido nuevos negocios. Algunas calles parecían otras. Algunas casas ya no estaban. Los vecinos que conocí durante años habían cambiado de domicilio o simplemente ya no estaban.

Mis amigas habían seguido sus propios caminos. Algunas se habían marchado del barrio. Otras habían emigrado. Y otras habían construido una vida que ya no tenía los mismos puntos de encuentro que antes compartíamos. La vida había seguido adelante. Como debe ser.

Porque mientras nosotras aprendemos a construir una vida en otro lugar, nuestro país también continúa avanzando sin nosotros. Quizás por eso hay una frase que escucho constantemente en mi comunidad de mujeres migrantes: "Quiero volver a mi país, pero no sé si sería capaz de volver a vivir allí". Y cada vez que la escucho pienso lo mismo. Entiendo perfectamente lo que significa.

Porque yo también lo he sentido. Una cosa es volver para abrazar a los tuyos, recorrer las calles de tu infancia o disfrutar de la comida que tanto extrañabas. Otra muy distinta es imaginar una vida permanente allí después de todo lo que has construido fuera. Porque durante estos años también has cambiado tú.

Has desarrollado nuevas costumbres. Nuevas rutinas. Nuevas formas de entender la vida. Has creado una red de afectos. Has construido un proyecto profesional. Y, en muchos casos, tus hijos han crecido en el país de acogida, han estudiado allí y sienten como suyo el lugar donde viven. Entonces aparece una pregunta incómoda.

Una pregunta que pocas veces formulamos en voz alta.

¿Dónde está realmente mi hogar? La respuesta rara vez es sencilla. Seguimos amando profundamente nuestra tierra. Nos emocionamos cuando escuchamos su acento. Celebramos sus tradiciones, extrañamos a nuestra gente y soñamos con volver.

Pero cuando regresamos descubrimos que ya no somos exactamente la misma persona que se marchó. Y ahí aparece una sensación difícil de explicar.

La de sentirte extranjera en tu propia tierra.

No porque te rechacen. No porque no te quieran. Sino porque tú también has cambiado. Porque ya no miras el mundo desde el mismo lugar. Porque una parte de tu identidad se ha transformado durante el camino.

Quizás por eso muchas mujeres migrantes compran una vivienda en su país de origen. A veces para alquilarla, otras veces como una forma de generar seguridad. Y muchas veces porque existe la necesidad de conservar un vínculo tangible con la tierra que nos vio nacer. "Así, cuando vaya, tengo donde estar".

¿Cuántas veces hemos escuchado esa frase? Pero incluso cuando existe esa casa, la pregunta sigue ahí. Porque la pertenencia no vive únicamente en los ladrillos. Vive en los vínculos.

Y los vínculos también cambian. Las personas crecen. Los barrios evolucionan. Las familias se transforman. La vida sigue. Quizás una de las partes más complejas de la experiencia migratoria consiste precisamente en aceptar esa realidad.

Comprender que podemos extrañar profundamente un lugar y, al mismo tiempo, no estar seguras de poder volver a vivir en él. Comprender que podemos amar dos tierras a la vez.

Comprender que nuestros afectos ya no habitan un único lugar. Y comprender también que no hay nada malo en ello. La migración transforma nuestra identidad. Nos enseña a convivir con múltiples pertenencias.

Nos convierte en personas capaces de construir puentes entre culturas, países e historias distintas. Por eso, con el tiempo, muchas dejamos de preguntarnos si somos de aquí o de allí. Porque la respuesta ya no cabe en una sola geografía.

Quizás la verdadera respuesta sea otra. Quizás pertenecer no tenga tanto que ver con un lugar concreto, sino con todas las experiencias que nos han convertido en quienes somos.

Y quizás por eso muchas mujeres migrantes terminamos descubriendo que no somos completamente de una sola tierra. Somos un poco de todas aquellas que llevamos en el corazón.

Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.

Un fuerte abrazo,

María Piña
Periodista y creadora de las Jornadas Mujeres Migrantes

 

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María Piña
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