
Vivir traduciendo
María Piña
No sé cuándo empecé a decir «vale».
Supongo que ocurrió como ocurren estas cosas cuando llevas muchos años viviendo fuera: un día una palabra que no era tuya se instala en tu vocabulario y, cuando quieres darte cuenta, la utilizas para todo.
Vale.
Vale, vale.
Ah, vale.
Vale, tía.
En República Dominicana no hablaba así. En Panamá tampoco. Pero llevo tantos años viviendo en España que ahora mismo, mientras intento escribir esta columna, me descubro haciendo un esfuerzo para recordar qué palabras eran de allí, cuáles son de aquí y cuáles he ido mezclando por el camino.
Y me da risa. Porque quizá de eso quería hablar hoy sin saberlo.
De ese momento en el que dejas de traducir conscientemente porque ya no sabes exactamente dónde termina una forma de hablar y empieza la otra.
Cuando llegas es diferente.
Entonces sí eres muy consciente de las palabras, de los tonos, de las expresiones. Puedes estar hablando el mismo idioma y necesitar una explicación. Dices algo completamente normal para ti y la persona que tienes delante pone cara de no haber entendido absolutamente nada.
Y explicas.
Con el tiempo descubres que no estás traduciendo español al español.
Estás traduciendo contextos.
Porque una misma palabra puede no significar exactamente lo mismo dependiendo de dónde hayas aprendido a utilizarla. Una expresión puede resultar cercana en un lugar y extraña en otro. Incluso el tono con el que decimos determinadas cosas forma parte de esos códigos que vamos aprendiendo cuando hacemos vida en otro país.
Pero después de tantos años sucede algo que me parece todavía más curioso: dejas de darte cuenta.
Incorporas palabras. Modificas expresiones. Aprendes otras maneras de decir las cosas. Y un día alguien que te conoce de toda la vida te escucha y te hace notar algo que para ti ya es completamente natural.
En mi caso hay, además, una mezcla particular.
Nací en República Dominicana, crecí en Panamá y llevo más de veinte años construyendo mi vida en España. Tres lugares forman parte de mi historia y, probablemente, también de mi manera de hablar, aunque ya no sea capaz de identificar con exactitud de dónde procede cada palabra que utilizo.
Hace un tiempo estaba viendo con mi hija Candela algunos vídeos antiguos de mi etapa en Panamá. Por entonces trabajaba en televisión y ahí estaba yo, hablando ante una cámara muchos años antes de venir a España.
La cara de Candela al escucharme era un poema.
—Mamá, por Dios, ¿pero por qué hablabas así?
Me dio muchísima risa.
—No sé, cariño. Vivía allí. Llevaba tantos años que al final ni sabes en qué momento cambia tu manera de hablar.
Y mientras se lo explicaba pensé que ahora me ocurre exactamente lo mismo. Después de tantos años aquí, hablo de una manera que probablemente aquella María que vivía en Panamá también encontraría diferente.
Y tampoco sabría decir en qué momento ocurrió.
Nadie se levanta una mañana y decide: a partir de hoy voy a hablar como se habla aquí. Simplemente sucede.
Escuchas, convives, trabajas, haces amistades, formas una familia, construyes una vida. Y mientras todo eso ocurre, las palabras, los tonos y las expresiones de ese lugar empiezan también a habitarte.
Por eso hace tiempo que dejé de intentar colocar cada parte de mí en una casilla.
Esto es de allí.
Esto lo aprendí aquí.
Esto pertenece al lugar donde nací.
Esto al lugar donde vivo.
Mi vida hace tiempo que dejó de funcionar así.
Y quizá eso explique por qué ya no me interesa demasiado preguntarme si determinada palabra que sale de mi boca es dominicana, panameña o española.
Me interesa más lo que cuenta esa mezcla.
Mi manera de hablar también ha ido guardando memoria de los lugares donde he vivido. De la mujer que fui en República Dominicana, de los años que me construyeron en Panamá y de la vida que llevo más de dos décadas construyendo en España.
Y eso va mucho más allá del lenguaje.
Está en nuestra manera de mirar, de relacionarnos, de interpretar determinadas situaciones y hasta en pequeños gestos que un día descubrimos que ya hacemos de otra manera.
Migrar también deja huellas que no aparecen en ningún documento.
Algunas son tan pequeñas como un «vale».
Esta mañana empecé intentando recordar una palabra que me sirviera para escribir esta columna y terminé descubriendo que lo verdaderamente interesante era no poder recordar ya de dónde son todas mis palabras.
Quizá porque, después de tantos años viviendo entre distintos lugares, algunas ya no son de allí ni de aquí.
Son mías.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo,
Periodista, escritora y conferenciante. Fundadora y presidenta del Ecosistema Mujer y Poder e impulsora de proyectos para la visibilidad y el liderazgo de las mujeres migrantes.



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