
Criar entre dos códigos culturales
María Piña
Hay cosas de la maternidad para las que nadie te prepara.
Y luego está criar a tus hijos en un país diferente de aquel en el que tú aprendiste a ser hija.
Porque antes de ser madres fuimos niñas.
Crecimos escuchando determinadas palabras. Aprendimos unas normas. Incorporamos maneras de saludar, de sentarnos a la mesa, de celebrar, de corregir y de mostrar cariño.
Muchas de esas cosas ni siquiera sabíamos que eran culturales.
Eran simplemente nuestra manera de vivir.
Hasta que crías en otro lugar y descubres que tus hijos crecen rodeados de otros códigos, expresiones y referencias.
En mi caso hay, además, varias geografías mezclándose.
Nací en República Dominicana, crecí en Panamá y llevo más de veinte años construyendo mi vida en España. Mis referencias no proceden de un único lugar y mis hijos han nacido aquí.
En nuestra familia hubo una decisión que mi marido y yo tuvimos clara: queríamos que nuestros hijos tuvieran también la nacionalidad dominicana, además de la española.
Y así lo hicimos.
Era una manera de reconocer formalmente una parte de su historia que llegaba hasta ellos a través de mí.
Pero con el tiempo he comprendido que la pertenencia no se construye solamente con un documento que acredita una nacionalidad.
Se construye también alrededor de una mesa.
En casa hemos comido siempre platos de la cocina tradicional dominicana y el 27 de febrero, Día de la Independencia Nacional de mi país natal, tenemos por costumbre almorzar “la bandera”: arroz blanco, habichuelas guisadas, pollo guisado y plátano frito.
Y algunas veces esa transmisión ocurre de la forma más inesperada.
Cuando mis hijos eran pequeños, una amiga me trajo de República Dominicana gofio, una harina que inmediatamente me devolvió a mi infancia.
De niña jugaba a ponerme un poco en la boca, sin tragar, e intentar decir la palabra “gofio”, cosa que provocaba la risa inmediata.
Así que hice exactamente lo mismo con mis hijos.
Y volvimos a reírnos.
Muchos años después, estaba viviendo con ellos un juego que había formado parte de mi infancia a miles de kilómetros de distancia.
No hubo ninguna explicación solemne sobre raíces, identidad o pertenencia.
Solo una madre, sus hijos, un poco de gofio en la boca y muchas risas.
Y, sin embargo, allí también se estaba transmitiendo una historia.
Cuando nuestros recuerdos empiezan a ser también los suyos
Hay tradiciones que no se quedaron solamente en mi infancia, sino que terminaron instalándose en nuestra propia familia.
Una de las más significativas llega cada Navidad.
En casa jugamos a “El Angelito”, el intercambio de regalos que yo hacía en mi tierra y que quise mantener cuando formé mi propia familia.
Cuando mis hijos eran pequeños, mi mejor amiga los acompañaba a comprar sus regalos para que pudieran mantener en secreto quién les había tocado. Después, en Nochebuena, jugábamos a adivinar quién había sido nuestro Angelito.
Los niños crecieron, pero El Angelito se quedó.
Seguimos haciéndolo cada Navidad.
Ahora forma parte también de los recuerdos de infancia de mis propios hijos.
Y en nuestra casa no ha estado presente solamente República Dominicana.
Yo crecí en Panamá y esa parte de mi historia también ha llegado hasta ellos. Recuerdo cuando mi madre les llevó unos trajes típicos panameños. Se los pusieron, escucharon música panameña y ella les fue contando de dónde procedían aquellos trajes.
También está presente en pequeños detalles cotidianos, como cuando a los plátanos maduros fritos les llamamos “tajadas”.
Con el tiempo, mis hijos también han podido viajar a República Dominicana y encontrarse con un país que, de alguna manera, ya conocían.
Habían probado sus sabores en nuestra mesa. Habían escuchado historias, celebrado fechas y vivido tradiciones.
Antes de conocer físicamente una parte de sus raíces, ya habían convivido con ella dentro de casa.
Una historia que después harán suya
Creo que ahí he entendido algo importante.
Transmitir nuestras raíces a nuestros hijos no consiste en decidir por ellos cómo deben relacionarse con los lugares que forman parte de su historia.
Podemos contarles de dónde venimos. Cocinar. Celebrar. Conservar tradiciones. Llevarlos a conocer nuestros lugares.
Después ellos construirán su propia relación con todo ello.
Porque nuestros hijos heredarán parte de nuestro viaje, pero no tienen que recorrerlo de la misma manera que nosotras.
Mis hijos no han vivido mi infancia.
Yo tampoco he vivido la suya.
Pero una parte de aquella niña que fui aparece cada Navidad cuando jugamos a El Angelito, cada 27 de febrero alrededor de nuestra mesa o en una carcajada provocada por un poco de gofio.
Y ahora esos recuerdos ya no son solamente míos.
También son de ellos.
Tal vez criar entre distintos códigos culturales sea precisamente eso: compartir con nuestros hijos de dónde venimos sin decidir por ellos quiénes tienen que ser.
Y permitir que construyan, con todo lo recibido y todo lo vivido, su propia manera de pertenecer.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo,
Periodista, escritora y conferenciante. Fundadora y presidenta del Ecosistema Mujer y Poder e impulsora de proyectos para la visibilidad y el liderazgo de las mujeres migrantes.










