
Los objetos que también hicieron la maleta
María Piña
Hay cosas cuyo valor no cabe en una factura, ni depende de cuánto costaron, ni siquiera de que sean especialmente bonitas.
Mientras pensaba en la columna de esta semana me pregunté qué objetos han ido acompañándome a mí en los distintos lugares donde he vivido.
Y la pregunta me llevó bastante más lejos de lo que esperaba.
Porque una cosa es hacer una maleta para viajar y otra muy distinta hacerla cuando sabes que estás trasladando tu vida.
Entonces el espacio importa.
Hay que elegir.
Qué viene contigo.
Qué se queda.
Qué regalas.
Qué guardas en casa de alguien con la idea de recuperarlo algún día.
Y entre todas esas decisiones prácticas aparecen también algunas que no lo son en absoluto.
Ese objeto que ocupa demasiado pero que no quieres dejar. Esa fotografía que podría haberse quedado perfectamente en un cajón. Ese papel que cualquiera habría tirado hace años y que tú continúas guardando.
¿Por qué?
Probablemente porque no estamos conservando únicamente cosas.
Estamos conservando vínculos.
Los objetos tienen una capacidad extraordinaria para guardar momentos. Basta encontrarte años después con algo que formó parte de otra etapa de tu vida para que aparezca una casa, una persona, una conversación o incluso una versión de ti que creías olvidada.
Quienes hemos vivido en distintos países sabemos también que nuestras pertenencias van construyendo una geografía propia.
Quizá por eso me interesa tanto pensar en los objetos desde la migración.
Porque hablamos mucho de las grandes decisiones: marcharse, llegar, encontrar trabajo, conseguir papeles, construir una nueva red, aprender otros códigos.
Pero una vida también está hecha de cosas aparentemente pequeñas.
De lo que seguimos cocinando con determinados sazones o utensilios.
De aquello que guardamos en una caja.
De ese objeto que ha sobrevivido a varias mudanzas porque, cuando llega el momento de decidir si se queda o se va, siempre acaba regresando a la maleta.
Y quizá alguien podría preguntarnos para qué seguimos conservándolo.
La respuesta no siempre es fácil de explicar.
Una casa acaba contando también los lugares por los que hemos pasado.
No necesariamente con grandes símbolos. Muchas veces lo hace de una manera mucho más discreta: en un libro, una fotografía, un recuerdo familiar o cualquier pequeña cosa que para los demás puede no significar absolutamente nada.
Para ti sí.
Y eso basta.
Migrar implica aprender a dejar muchas cosas.
Pero también nos obliga a decidir cuáles queremos seguir llevando con nosotras.
Y algunas, después de tantos kilómetros, tantas casas y tantos años, dejan de ser simplemente objetos.
Se convierten en una forma de recordar quiénes hemos sido mientras seguimos construyendo quiénes somos.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo,
Periodista, escritora y conferenciante. Fundadora y presidenta del Ecosistema Mujer y Poder e impulsora de proyectos para la visibilidad y el liderazgo de las mujeres migrantes.




Mujer Migrante — Más allá del viaje: las cosas que encontré cuando buscaba otra cosa


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