
El currículum que pierde valor al cruzar una frontera
María Piña
Recuerdo a Yadira contándome su experiencia en uno de nuestros encuentros de mujeres migrantes. Había pasado por la universidad en su país y, sin embargo, ante la dificultad y la espera para conseguir el reconocimiento de sus estudios en España, tomó una decisión que todavía recuerdo: volver a hacer la ESO y empezar desde el instituto. Aquel camino, me explicaba, resultaba más rápido que seguir esperando.
Su historia se me quedó dentro porque después he escuchado otras que, aun siendo diferentes, terminan llevándonos a preguntas muy parecidas.
En otra ocasión ocurrió en un lugar mucho más cotidiano: una peluquería. No conocía a aquella mujer, pero ya sabemos lo que sucede muchas veces en esos espacios: alguien empieza una conversación y, casi sin darte cuenta, acabamos compartiendo pedazos de nuestras vidas.
Así supe que era enfermera en su país y que había tenido que volver a formarse aquí. «Soy dos veces enfermera», dijo riéndose mientras le pasaban la plancha por el pelo. Y añadió que, al menos, aquella segunda formación le había permitido reforzar sus conocimientos.
Nos reímos con ella.
Pero aquella frase, dicha como si nada entre el ruido de los secadores y una conversación cualquiera de peluquería, encerraba mucho más de lo que parecía.
También recuerdo a una mujer colombiana que había estudiado Derecho en su país. Al llegar aquí tuvo que reinventarse y emprendió con un restaurante de comida fusión. No ha renunciado a la posibilidad de ejercer algún día aquello que estudió y le apasiona. Pero hay que comer, pagar los gastos y vivir. Mientras tanto, ha construido otra salida.
Y podría seguir.
Porque en los encuentros que mantengo con mujeres migrantes cambian los países, las profesiones y las circunstancias, pero algunas experiencias se parecen demasiado.
¿Qué sucede con la autoestima de una mujer cuando durante años ha sido reconocida como profesional y, después de migrar, siente que tiene que demostrar nuevamente todo lo que sabe?
Hablamos de homologaciones, trámites y acceso al empleo, pero bastante menos de lo que ocurre por dentro. De lo que significa tener una carrera, a veces más de una, años de experiencia y una identidad profesional construida, y encontrarte trabajando en algo completamente diferente porque necesitas ingresos y tienes que continuar.
En esas conversaciones aparecen también el cansancio y la rabia. Mujeres que recuerdan todo lo que les costó estudiar: trabajar durante el día y asistir a la universidad por la noche, pagar sus estudios, sacrificar horas de sueño o sostener una familia mientras estudiaban.
Alguna vez lo he escuchado expresado con esa contundencia que aparece cuando estamos entre nosotras: «Me he quemado las pestañas estudiando, yendo a la universidad de noche y trabajando de día para poder cubrir mis necesidades, y ahora parece que todo aquello no cuenta».
Claro que cuenta.
El conocimiento no desaparece al cruzar una frontera. La experiencia tampoco. Pero puedo entender perfectamente que llegue un momento en el que una mujer sienta que no sirven de mucho si cada puerta a la que llama le exige volver a demostrarlo.
Un no. Otro no. Otro currículum enviado. Otra entrevista. Otro trámite. Otra espera.
Y eso merma.
Al principio sigues intentándolo con la misma seguridad. Después empiezas a preguntarte qué estás haciendo mal. Revisas el currículum, dudas de tu experiencia, de tu manera de expresarte, de si tus estudios sirven, incluso de si realmente eres tan buena como pensabas.
La autoestima se resiente y nuestro bienestar emocional también. Lo he escuchado en otras mujeres y lo he vivido en mis propias carnes. Por eso no quiero convertir nuestra capacidad de adaptación en un relato romántico. Somos capaces de reconstruirnos, buscar alternativas y continuar, pero eso no significa que el proceso no duela o no deje huella.
No se nos caen los anillos por desempeñar otros trabajos. El problema nunca está en la dignidad de un empleo. Está en todo el talento y conocimiento que puede quedar desaprovechado cuando una profesional cualificada no encuentra la manera de ejercer aquello para lo que se preparó.
Y los datos confirman que no estamos hablando de experiencias aisladas. Según Eurostat, en 2023 el 56 % de los ciudadanos de países no pertenecientes a la Unión Europea con educación superior que trabajaban en España estaban sobrecualificados para sus puestos. En el conjunto de la UE, además, la sobrecualificación era mayor entre las mujeres no comunitarias que entre los hombres.
«Me he quemado las pestañas estudiando, yendo a la universidad de noche y trabajando de día para poder cubrir mis necesidades y ahora parece que todo aquello no cuenta»
Yo también he reducido mi currículum para optar a determinados puestos.
He eliminado buena parte de mi trayectoria porque necesitaba trabajar y sabía que mostrarla completa podía convertirse, paradójicamente, en un obstáculo. En alguna ocasión he sabido después que mi experiencia había jugado en mi contra: quien debía tomar la decisión consideró que, con aquel currículum, podría terminar progresando rápidamente dentro de la empresa.
Yo también he reducido mi currículum para optar a determinados puestos.
He eliminado buena parte de mi trayectoria porque necesitaba trabajar y sabía que mostrarla completa podía convertirse, paradójicamente, en un obstáculo. En alguna ocasión he sabido después que mi experiencia había jugado en mi contra: quien debía tomar la decisión consideró que, con aquel currículum, podría terminar progresando rápidamente dentro de la empresa.
También he trabajado en ámbitos distintos al mío porque, en determinados momentos de mi vida, necesitaba trabajar y tener ingresos. Y cuando eso ocurre, la prioridad está clara: asumes el trabajo, aprendes lo que necesitas y das lo mejor de ti.
Pero tus capacidades no desaparecen porque el puesto requiera menos.
Y entonces ocurre algo curioso. Empiezas a aportar conocimientos o a resolver determinadas situaciones de una manera que llama la atención. Alguien pregunta cómo lo haces. Llegan las conversaciones durante los descansos, las preguntas sobre qué hacías antes, qué has estudiado, cuál ha sido tu recorrido.
«Soy periodista».
Y después, inevitablemente, la cara de sorpresa:
«¿Pero tú qué haces trabajando aquí?».
He escuchado esa pregunta más de una vez. Y sé que muchas mujeres migrantes podrían hablar de su propia experiencia.
Algunas aprendemos incluso a redactar un currículum hacia abajo: quitar estudios, reducir experiencia, esconder responsabilidades anteriores para conseguir entrar en un mercado laboral que, en determinados momentos, parece tener más facilidad para incorporarnos que para reconocer todo lo que sabemos.
Y seguimos buscando la manera de avanzar.
Una mujer vuelve a estudiar la ESO. Otra se forma nuevamente para ejercer su profesión. Otra cambia de carrera. Otra emprende. Otra descubre una oportunidad diferente. Otra tarda años en recuperar el lugar profesional que había dejado atrás.
No existe un único camino.
Y tampoco deberíamos contar solamente el final, cuando algunas finalmente lo conseguimos. Entre aquella profesional que llegó con su currículum bajo el brazo y la mujer que consigue reconstruir su trayectoria hay meses o años de decisiones, renuncias, aprendizajes, inseguridades y muchos intentos que nadie ve.
Porque una profesión no es solamente una nómina. También puede formar parte de nuestra identidad, de la percepción de nuestra propia capacidad, de años de esfuerzo y de la seguridad con la que ocupamos un lugar en el mundo.
Por eso, cuando hablamos de la aportación económica de las mujeres migrantes, no deberíamos mirar únicamente los puestos que ocupamos hoy.
También deberíamos preguntarnos qué formación, experiencia y conocimiento hay detrás de las mujeres que los desempeñan.
Quizá entonces descubramos cuánto talento tenemos delante sin estar sabiendo reconocerlo.
Y hoy quiero preguntarte a ti:
¿Qué parte de tu trayectoria profesional has tenido que reconstruir después de migrar y qué supuso para ti hacerlo?
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo,
Periodista, escritora y conferenciante. Fundadora y presidenta del Ecosistema Mujer y Poder e impulsora de proyectos para la visibilidad y el liderazgo de las mujeres migrantes.


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