
Cuando la vida vuelve a abrirse
María Piña
Cuando pienso en la palabra renacer, me vienen a la memoria historias de mujeres que empezaron varias veces sin nombrar la grandeza de esos comienzos. Mujeres que dejaron atrás un país, una relación, un empleo, una estructura que no les daba lugar… y que aun así encontraron forma de reconstruir la vida lejos de lo conocido. Esa manera de volver a empezar, sin ruido, sin escena, con la serenidad de quien sabe que lleva dentro más fortaleza de la que imagina, es un acto de resurrección cotidiana.
Para muchas de nosotras, migrar fue un salto al vacío. No porque faltara valor, sino porque había más preguntas que certezas. En ese salto, algunas despedidas fueron definitivas; otras se fueron cerrando con el tiempo. Aun así, hubo un instante en el que intuimos que la vida podía abrir una rendija. Y esa intuición es lo que hoy quiero rescatar: la confianza en que lo nuevo puede llegar incluso cuando parece que todo se detuvo.
Domingo de Resurrección no es solo una fecha del calendario litúrgico. Es un símbolo universal de reencuentro con la esperanza. Un recordatorio de que la vida tiene movimientos inesperados y que, con frecuencia, vuelve a brotar justo después del cansancio. Las mujeres migrantes sabemos mucho de eso. Hemos resurgido de derrotas silenciosas, de trámites interminables, de jornadas de trabajo que dejaron poco espacio para cuidarnos, de papeles que tardan más que la paciencia, de nostalgias que no siempre encuentran palabras. Y aun así avanzamos.
Pienso en la capacidad que tenemos para transformar lo que parecía estancado. En cómo recuperamos la alegría cuando vuelve el trabajo digno, cuando conseguimos una cita esperada, cuando logramos un reconocimiento, cuando un trámite se resuelve después de meses de espera, cuando encontramos una red de apoyo que nos llama por nuestro nombre. Cada uno de esos momentos es una resurrección discreta, una señal de que seguimos moviéndonos hacia adelante.
Renacer también implica volver a mirarnos con ternura. Recordar que somos mucho más que lo que nos ocurrió. Honrar lo que estamos construyendo aquí, con acento propio, con raíces que se extienden, con una vida que no se improvisa, sino que se trabaja con constancia y corazón. Somos mujeres que sostienen, que aprenden, que enseñan, que acompañan. Mujeres que abren puertas para sí mismas y, cuando es posible, para otras.
Quiero invitarte a hacer un pequeño gesto este domingo: nombra algo de ti que ha vuelto a vivir.
Puede ser una ilusión, un plan, una amistad, un proyecto, una parte de tu valentía que dejaste a un lado y regresó sin avisar. Ese acto de reconocer lo que revive es también una forma de agradecerle a la vida su insistencia.
Y si hoy te encuentras en un tramo donde todo parece quieto, o donde la espera se alarga, guarda esta idea contigo: aquello que está germinando no siempre hace ruido. A veces la vida se prepara en silencio y luego emerge con claridad. Lo que hoy no ves, quizá ya se esté acomodando dentro de ti.
Este Domingo de Resurrección no celebra solo un acontecimiento espiritual; también celebra la capacidad humana de reconstruirse. Esa capacidad la llevamos dentro quienes hemos cruzado fronteras externas e internas, quienes hemos renacido más de una vez sin que nadie lo supiera.
Que este día te encuentre con un poco de calma, con una mirada que se abre, con una esperanza que regresa paso a paso. La vida siempre tiene una manera de volver. Y nosotras también.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje....
Un fuerte abrazo,
María Piña
Periodista y creadora de las Jornadas Mujeres Migrantes







Día Internacional de la Visibilidad Trans: la urgencia de ser vistas, escuchadas y respetadas



