
La fe que migra con nosotras
María Piña
Hay cosas que no caben en una maleta. No pesan, no ocupan espacio, no pasan por ningún control fronterizo… y, sin embargo, son lo único que realmente nos acompaña cuando todo cambia. La fe es una de ellas.
Migrar es, en muchos sentidos, un acto de valentía, pero también de incertidumbre. Es soltar lo conocido, lo que nos era familiar, lo que nos sostenía sin que apenas nos diéramos cuenta, y dar un paso hacia lo desconocido con más preguntas que certezas. Y es ahí, justo en ese punto de quiebre, donde la fe empieza a tomar otro significado.
No hablo solo de religión, ni de rituales aprendidos. Hablo de esa conexión íntima, profunda y silenciosa que nos sostiene cuando sentimos que todo se mueve. Esa fe que se convierte en refugio cuando la vida nos descoloca.
Con el tiempo, he descubierto algo que me conmueve profundamente. Muchas personas aquí, en España, se sorprenden cuando escuchan a una mujer migrante, especialmente si viene de América Latina, decir con tanta naturalidad: “Que Dios te bendiga”. Lo dicen como quien observa algo curioso. Y sonrío, porque no siempre es fácil explicar que no es una frase hecha. Es una forma de estar en el mundo.
Para nosotras, la fe no es algo que se guarda para momentos concretos. Es algo que atraviesa lo cotidiano. Está en lo pequeño, en lo simple, en lo que se dice sin pensar.
Está en ese persignarnos antes de salir de casa cada mañana, como quien se abraza por dentro antes de enfrentarse al día.
En ese “Si Dios quiere” que añadimos casi sin darnos cuenta cuando decimos “nos vemos mañana”, como una forma de reconocer que hay algo más grande acompañando nuestros pasos.
En ese impulso inmediato de unirnos en oración cuando sabemos que alguien está enfermo, aunque esté lejos, aunque no podamos hacer nada más que sostener desde la fe.
Son gestos que no se explican, se sienten. Y que viajan con nosotras allá donde vamos.
Y en ese camino, también hay algo profundamente importante: la fe que transmitimos a nuestros hijos e hijas. Esa que no se enseña solo con palabras, sino con el ejemplo diario. En la forma en que damos gracias, en cómo afrontamos las dificultades, en los valores que sembramos casi sin darnos cuenta. Les enseñamos a creer, a confiar, a ser buenas personas, a mirar al otro con empatía y a sostenerse desde dentro. Porque migrar también es eso: asegurar que, aun lejos de nuestras raíces, ellos crezcan con una esencia firme, con una brújula interna que les guíe en la vida.
Hay momentos en los que todo parece tambalearse. Cuando la distancia pesa más de lo esperado, cuando el cansancio se acumula, cuando las cosas no salen como imaginábamos. Y en medio de todo eso, algo dentro de nosotras se activa. Una voz suave, persistente, que nos invita a seguir, a confiar, a no rendirnos.
Esa es la fe que migra con nosotras.
A veces dudamos, a veces nos cansamos, a veces sentimos que no podemos más. Pero incluso en esos momentos, hay algo que permanece. Una certeza que no siempre tiene palabras, pero que nos sostiene.
La fe también se transforma cuando migramos. Se vuelve más personal, más íntima. Deja de ser solo lo heredado para convertirse en lo vivido. Se construye en cada dificultad superada, en cada puerta que finalmente se abre, en cada día en el que decidimos seguir adelante.
En fechas como esta, esa conexión se hace aún más presente. Recordamos nuestras raíces, nuestras tradiciones, los sonidos, los olores, las imágenes que forman parte de nuestra historia. Y aunque estemos lejos, algo dentro de nosotras las mantiene vivas.
Pero también comprendemos algo esencial: la fe no depende de un lugar. No está atada a una ciudad ni a una forma única de vivirla. La fe vive en nosotras. Camina con nosotras. Se adapta, crece y se fortalece con cada paso que damos.
Migrar también es un acto de fe. Es creer que hay algo más allá del miedo. Es confiar en que el esfuerzo tiene sentido. Es sostenerse incluso cuando el camino se vuelve incierto.
Hoy, en este Domingo de Ramos, quiero invitarte a mirar hacia dentro. A reconocer esa fe que te ha traído hasta aquí. A agradecerle por no soltarte, incluso en los momentos en los que tú misma dudabas.
Porque si has llegado hasta aquí, no ha sido solo por lo que hiciste…
también ha sido por lo que creíste.
Y esa fe, querida amiga, también es parte de tu hogar.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo,
María Piña
Periodista y creadora de las Jornadas Mujeres Migrantes.




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