Mujer Migrante — Más allá del viaje: ¿quién cuida de la fuerte de la familia?

Queridas amigas, gracias por estar aquí un domingo más...Las llamadas llegan cuando hay un problema. Los mensajes aparecen cuando hace falta una solución. Con el tiempo, muchas mujeres migrantes terminan ocupando un lugar que nunca planearon asumir: el de la fuerte de la familia.
Mujer Migrante12/07/2026María PiñaMaría Piña

Mujer migrante más allá del viaje
Mujer migrante más allá del viaje

Durante mucho tiempo pensé que seguir siendo hija, hermana o nieta era algo que nunca cambiaría. La vida me demostró que estaba equivocada.

La migración transforma muchas cosas. Cambia la ciudad en la que vivimos, los paisajes que nos rodean y las rutinas que construimos cada día. También modifica algo mucho más hondo y es el lugar que ocupamos dentro de nuestra propia familia.

Un día te llaman para pedirte consejo. 

Otro para ayudarte a tomar una decisión importante.

Más adelante eres la primera persona a la que acuden cuando aparece un problema.

Y, cuando menos lo esperas, descubres que te has convertido en la fuerte de la familia.

Es una realidad que escucho constantemente en los encuentros con mujeres migrantes. Y también una realidad en la que me he reconocido más de una vez.

"No le cuento a mi madre que estoy mal para no preocuparla"

"No quiero que mis hijos me vean triste"

"Todos me llaman cuando hay un problema"

"Siento que tengo que resolverlo todo"

Son frases que aparecen una y otra vez en nuestras conversaciones. Frases que nacen de una experiencia compartida. Porque cuando migramos, muchas veces dejamos de ocupar únicamente nuestro papel de hijas, hermanas o nietas para convertirnos en algo más.

Nos convertimos en referencia. En apoyo. Nos convertimos como por arte de magia, en la persona a la que los demás buscan cuando necesitan orientación.

Quizás porque hemos recorrido un camino difícil.

Quizás porque hemos aprendido a desenvolvernos en situaciones complejas.

Quizás porque quienes nos quieren sienten que sabremos encontrar una solución.

Y aunque esa confianza suele estar cargada de cariño y admiración, también trae consigo una responsabilidad que pocas veces se verbaliza. Una responsabilidad que asumimos porque queremos a los nuestros, conocemos sus dificultades, recordamos perfectamente de dónde venimos y sentimos gratitud hacia quienes nos ayudaron a llegar hasta donde estamos hoy.

Sin embargo, rara vez hablamos de lo que sucede al otro lado de la llamada. De la mujer que escucha mientras atraviesa sus propias preocupaciones, que intenta encontrar respuestas cuando ni siquiera tiene claras las suyas,  la que también necesita ser escuchada.

Con el paso del tiempo muchas terminamos acostumbrándonos a ese papel y empezamos a actuar como si siempre tuviéramos que estar disponibles.

Como si siempre debiéramos ser capaces.

Como si mostrar cansancio o vulnerabilidad fuese una forma de decepcionar a quienes confían en nosotras.

La realidad es que las mujeres migrantes también sentimos miedo, tenemos incertidumbres, atravesamos momentos en los que no sabemos qué hacer. También necesitamos apoyo, necesitamos descansar.

Recuerdo especialmente una conversación con una mujer migrante que me dijo algo que nunca olvidé:

"Si yo me derrumbo, siento que se derrumba todo".

Y creo que muchas entendemos perfectamente esa sensación.

Porque después de años resolviendo, acompañando, organizando y ayudando, acabamos asociando nuestro valor a la capacidad de responder cuando alguien nos necesita como si siempre tuviéramos que ser fuertes.

Como si siempre tuviéramos que poder con todo. Pero ninguna persona puede vivir permanentemente bajo esa presión.

Con los años he aprendido que la fortaleza no consiste en asumir todas las responsabilidades que aparecen a nuestro alrededor. También implica reconocer cuándo necesitamos ayuda, aceptar que no tenemos todas las respuestas, permitirnos descansar sin sentir culpa. Implica entender que ser fuertes no nos obliga a ser invulnerables.

Quizás una de las lecciones más complejas que deja la migración sea precisamente esa.

Comprender que podemos seguir cuidando de quienes amamos sin olvidarnos de nosotras mismas.

Que podemos acompañar sin cargar con todo.

Que podemos estar presentes sin convertirnos en responsables de cada dificultad que surge en la vida de quienes queremos. Porque detrás de muchas mujeres migrantes admiradas por su fortaleza existen historias que casi nunca se cuentan.

Historias llenas de esfuerzo, historias llenas de amor, historias llenas de silencios.

Historias de mujeres que llevan años cuidando de los demás mientras aprenden, poco a poco, a cuidarse también a sí mismas.

Por eso he querido escribir hoy sobre esto.

Para hablar de esas mujeres que siempre parecen poder con todo.

De esas mujeres a las que todos llaman cuando necesitan algo.

De esas mujeres que rara vez ocupan el centro de la conversación porque están demasiado ocupadas atendiendo la de los demás.

Y para dejar sobre la mesa una pregunta que merece ser escuchada más a menudo:

¿Quién cuida de la fuerte de la familia?

Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.

Un fuerte abrazo,

María Piña
Periodista y creadora de las Jornadas Mujeres Migrantes

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