
Mujer migrante y carga invisible: cuando siempre parece que tienes que poder con todo
María Piña
Hay una idea que muchas mujeres migrantes asumimos casi sin darnos cuenta cuando decidimos dar el paso de irnos.
La de poder con todo.
No aparece en ninguna conversación previa, ni forma parte de lo que se dice cuando una se despide. Pero se instala con el tiempo, casi sin aviso, y acaba convirtiéndose en una exigencia permanente.
Porque migrar no es solo cambiar de lugar. Es también asumir responsabilidades que crecen con la distancia.
Muchas mujeres no solo construyen una vida en un nuevo país, sino que al mismo tiempo envían dinero a casa para quienes se quedaron. Hijos, madres, padres… y a veces incluso más allá del círculo más cercano.
Porque siempre hay alguien más. La vecina que te vio crecer en el barrio, que ahora está enferma y no tiene para las medicinas. La tía lejana, la prima, alguien que forma parte de tu historia y que, de algún modo, también queda dentro de tu responsabilidad emocional.
Y entonces haces números. Envías lo que puedes a tu familia… y siempre sacas un poco más. Un pequeño extra. Ese “piquito” que, aunque desajuste lo tuyo, parece necesario para cumplir con todo lo que sientes que debes hacer.
Porque somos profundamente agradecidas. Porque no sabemos mirar hacia otro lado cuando alguien de los nuestros lo necesita. Pero poder con todo tiene un precio. Un precio que rara vez se ve desde fuera.
Mientras al otro lado se mantiene la idea de que todo va bien, aquí se multiplican las jornadas, se encadenan los turnos, se aceptan trabajos adicionales para cubrir lo que no llega. Se recorta en descanso, en tiempo propio, en espacio personal.
Y en medio de todo eso, hay algo que pesa más que el esfuerzo físico.
El silencio.
Muchas mujeres no cuentan lo que realmente están viviendo. No explican lo difícil, lo agotador, lo que cuesta llegar a todo. No comparten las renuncias ni el desgaste acumulado.
Porque aparece la vergüenza. La de no cumplir con esa imagen de éxito que se espera de quien se va. La de no ser “la que lo consigue”. La de reconocer que, aunque se está saliendo adelante, el esfuerzo es enorme y a veces no alcanza.
Y entonces se continúa. Se trabaja más, se exige más, se calla más. Porque fallar no entra en los planes. Porque cuando una ha sido la que dio el paso, parece que también asume la responsabilidad de demostrar que todo ha valido la pena.
Para los demás… y para una misma. Pero nadie habla del desgaste que hay en eso. De lo que supone construir una vida mientras se atienden otras. De cómo el cansancio se acumula en el cuerpo, se instala en la mente y termina ocupando un espacio más profundo donde cuesta incluso poner palabras.
Y, aun así, sigue ocurriendo.
En encuentros, en conversaciones entre mujeres migrantes, esta realidad aparece una y otra vez. No desde la queja, sino desde el reconocimiento. Como algo compartido, aunque fuera de esos espacios no siempre se nombre.
Porque hay una creencia muy arraigada que lo atraviesa todo: la idea de que hay que poder con todo. Pero quizá ha llegado el momento de cuestionarla. De entender que poder no debería significar hacerlo todo.
Que cuidar a otros no puede implicar dejarse a una misma en último lugar. Que cumplir con todo, todo el tiempo, no es sostenible. Porque ninguna vida puede construirse bien desde el agotamiento constante.
Y decir esto no es debilidad. Es una forma de empezar a mirarse con honestidad. Tal vez no se trate de dejar de ser fuertes. Tal vez se trate de permitirnos no serlo siempre. De abrir espacios donde también se pueda hablar de lo que cuesta, de lo que pesa, de lo que supera. De reconocer que el valor no está en sacrificarse hasta el límite, sino en encontrar maneras más equilibradas de vivir.
Porque la vida que estamos construyendo aquí también merece ser vivida, no solo mantenida. Y en ese reconocimiento, quizás, empieza otra forma de cuidarse.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo,
María Piña
Periodista y creadora de las Jornadas Mujeres Migrantes.



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