
El trabajo de cuidar, de sostener, de pensar por otros, de estar pendiente.
Recientemente conmemoramos el Día Internacional del Trabajo y quiero hablarte de ese esfuerzo invisible que tantas mujeres cargamos sin descanso… y de lo poco que se nombra.


María Piña
Hay una frase que se repite en un merengue de la agrupación dominicana Rikarena y que, con los años, ha ido volviendo a mí con otra profundidad: cuando el amor se daña es mejor cambiarlo en vez de repararlo. Tal vez no habla de tirar nada a la basura, sino de entender que no todo puede seguir nombrándose igual cuando ya no se siente igual.
Cuando el amor se daña, casi nunca ocurre de golpe. Suele pasar despacio, en silencio, en pequeñas renuncias que no se dicen, en gestos que se normalizan, en palabras que se callan para no incomodar. El daño no siempre es evidente porque duele mirarlo de frente. A veces preferimos sostener la idea de lo que fue antes que aceptar lo que duele ahora.
No sucede solo en el amor de pareja. Ocurre también en la amistad, cuando comienzas a encogerte para que el vínculo no se rompa. En la familia, cuando el afecto se mezcla con expectativas, silencios heredados o lealtades mal entendidas. Incluso en los vínculos más profundos, el amor puede desgastarse si deja de ser un lugar seguro.
Hay una ceguera muy humana que aparece cuando amar implica soltar. No es falta de inteligencia ni de sensibilidad. Es miedo. Miedo a perder, a fallar, a aceptar que algo que fue importante ya no puede sostenerse del mismo modo. Puede que por eso se diga que no hay peor ciego que quien no quiere ver. No por terquedad, sino por protección.
Reconocer que el amor se ha dañado no es un acto de derrota. Es, muchas veces, un gesto de honestidad profunda. Implica mirar sin juicio, entender que las personas no llegan a nuestras vidas para quedarse intactas para siempre, sino para enseñarnos algo mientras el camino se cruza. Algunas relaciones se transforman. Otras se terminan. Todas dejan huella.
Cambiar el amor no siempre significa irse. A veces significa dejar de exigirle al otro lo que ya no puede dar. A veces implica amar desde otro lugar, con menos expectativa y más verdad. Otras veces, cambiar el amor es cambiar la forma de nombrarlo, de habitarlo, de cuidarlo sin forzarlo.
Hay relaciones que no se rompen por falta de amor, sino por exceso de silencio. Por no decir a tiempo lo que dolía, por esperar que el otro adivinara, por pensar que amar era aguantar. Con los años se aprende que el amor no debería doler de manera constante, ni exigir que te abandones para que funcione.
Amar con compasión incluye reconocer límites. Propios y ajenos. Incluye aceptar que no todos saben amar de la misma forma, ni en el mismo momento vital. Incluye entender que la vida cambia y nos cambia, y que pretender que nada se mueva es una forma lenta de alejarnos de nosotros mismos.
No hay rencor en aceptar que algo termina. No hay fracaso en reconocer que una relación cumplió su función en una etapa concreta. Hay muchísimo aprendizaje en agradecer lo vivido y soltar sin odio, sin necesidad de tener razón, sin convertir el pasado en una herida abierta.
Cuando el amor se daña, quizá no siempre haya que repararlo. A veces hay que escucharlo. Preguntarse qué necesita ahora, qué pide el cuerpo, qué dice el silencio. A veces la reparación pasa por dejar de forzar y empezar a respetar.
La vida es un viaje lleno de encuentros. Cada persona llega con un propósito, aunque en su momento no sepamos verlo. Algunas nos enseñan a amar. Otras, a poner límites. Otras, a soltarnos. Todas, de alguna manera, contribuyen a quien somos hoy.
Este viernes, quiero invitarte a mirar tus relaciones con honestidad y ternura. A preguntarte si el amor que habitas te permite ser tú, crecer, respirar. Y si no, a permitirte cambiarlo sin culpa.
Porque amar también es saber cuándo transformar.
Y a veces, amar es saber dejar ir con gratitud.
Recibe mi más sincero abrazo, querida Eva. Nos encontramos en este mismo espacio la próxima semana.
Tu amiga de este lado del Despertar,
María Piña...







