
Maternidades migrantes en España: identidad, cuidado y experiencia de ser madre lejos
María Piña
Llegué a España hace más de veinte años por amor. No vine siguiendo un plan trazado ni una promesa de futuro. Vine por una relación que me trajo hasta aquí y que, con el tiempo, se convirtió en una vida entera. Me casé, formé una familia y tuve a mis dos hijos en este país.
Recuerdo la primera fiebre de mi hijo, aquella madrugada intentando bajarla, caminando por la casa en silencio, con el corazón en vilo y el teléfono en la mano. Recuerdo llamar a mi madre desde la distancia para preguntarle lo mismo que tantas hijas han preguntado antes: qué hacer, cómo calmar, cómo acompañar.
Porque, aunque seamos adultas, aunque seamos madres, hay momentos en los que echamos de menos a la nuestra más que nunca. Especialmente cuando está al otro lado.
También recuerdo el parto, rodeada del amor de la familia que había construido aquí. Y, aun así, en ese instante tan único y profundo, desear con toda el alma que mi madre estuviera a mi lado. No por falta de cariño alrededor, sino porque hay presencias que no se sustituyen.
Mi historia no es excepcional. Es, probablemente, la más común del mundo. No todas las mujeres migrantes tienen la posibilidad de tener a su madre cerca cuando les toca serlo a ellas. Y eso marca.
Ser madre migrante no es una categoría teórica. Es una experiencia vivida, hecha de escenas reconocibles. Es acompañar a tus hijos al colegio con un acento aprendido de adulta. Es enseñarles de dónde vienes mientras ellos crecen sintiéndose de aquí. Es aprender nuevas formas de relacionarte con la escuela, con la sanidad y con la comunidad, al mismo tiempo que transmites valores, raíces y sentido de pertenencia.
Migrar es un viaje. Un viaje físico, emocional y vital. Pero la maternidad es otro viaje aún más desconocido. Un recorrido sin mapas ni certezas, que cuando se vive lejos del lugar de origen se multiplica en aprendizajes, preguntas y renuncias. En Mujer migrante, más allá del viaje hablo de ese tránsito que no termina al llegar a un país, porque hay viajes que comienzan después: el de ser maddre en otra tierra, el de criar entre culturas, el de aprender a echar raíces mientras se sigue caminando.
Muchas mujeres migrantes no solo trabajamos en España. Somos madres en España. Damos a luz en sus hospitales, criamos en sus barrios, participamos en su vida social. Nuestros hijos juegan en sus parques, estudian en sus centros educativos y construyen su identidad en esta realidad compartida. Nuestra maternidad también forma parte del presente y del futuro de este país, aunque no siempre se nombre.
Pero no todas las maternidades migrantes se viven del mismo modo. Hay mujeres que ejercen la maternidad desde la distancia. Madres que dejaron a sus hijos en sus países de origen porque la vida no les permitió traerlos consigo. Mujeres que trabajan aquí mientras envían dinero allí, atravesadas por la espera, la añoranza y el deseo profundo del reencuentro.
Y están las madres que logran traer a sus hijos. Ahí comienza otro recorrido exigente: la escolarización, la adaptación, el aprendizaje de una lengua, de códigos sociales, de costumbres nuevas. Muchas veces aparece también la mirada ajena. Porque la palabra “migrante” sigue cargada de prejuicios que pesan, especialmente, en las aulas. Detrás de cada niño o niña hay una madre que acompaña, explica, defiende y lucha para que su hijo sea aceptado y reconocido.
Hay una realidad menos visible que también forma parte de este relato. Mujeres migrantes que cuidan y crían a los hijos de otras familias mientras sueñan con poder abrazar a los suyos. Mujeres que entregan un amor filial, incondicional y único a niños que no parieron, mientras mantienen viva la esperanza de reunirse algún día con los propios. Una maternidad que se ejerce desde el cuidado diario, desde la entrega constante, desde vínculos que se construyen más allá de la sangre.
Y existe otra maternidad aún más extrema, que no puede quedar fuera de esta mirada. La de las mujeres que dan a luz en medio del océano, en rutas migratorias marcadas por el miedo y la incertidumbre. Madres que se juegan su vida y la de sus hijos o hijas por la posibilidad de un futuro mejor. Esa maternidad, atravesada por la urgencia y la supervivencia, habla también de amor, de coraje y de una determinación que no debería ser necesaria, pero que existe.
Hablar de madres migrantes no es hablar de un colectivo ajeno. Es hablar de mujeres que forman parte de la vida comunitaria, educativa y social. Es reconocer que la maternidad no entiende de fronteras, pero sí de contextos. Y que muchas la ejercemos aquí con responsabilidad, compromiso y una enorme capacidad de adaptación.
No se trata de idealizar ni de ocultar las dificultades. Se trata de nombrar. De reconocer que las mujeres migrantes que somos madres formamos parte del tejido humano que da forma a esta sociedad. Que nuestra experiencia amplía el significado de lo que hoy entendemos por maternidad.
Porque no hay nada más grande en el mundo que dar vida. Y hacerlo con amor, valentía y dignidad.
¡Feliz Día de la Madre!
A todas. Sin excepciones.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo,
María Piña
Periodista y creadora de las Jornadas Mujeres Migrantes


Mujer Migrante — Más allá del viaje: cuando el dolor también llega desde lejos

Mujer Migrante — Más allá del viaje: cuando decir no también forma parte del camino

Mujer migrante y carga invisible: cuando siempre parece que tienes que poder con todo

Los V Premios Punto de Referencia destacan el talento de 2026 con una mirada en clave femenina

Mujer Migrante — Más allá del viaje: cuando el dolor también llega desde lejos

Aquí comienza un espacio que no viene a dar respuestas, sino a poner palabras a lo que muchas veces vivimos en silencio
Inauguramos este espacio con un texto que no es un artículo más, sino el inicio de una mirada.
Lo que nadie nos cuenta nace como una sección fija dentro de Mujer y Poder, donde cada mes nos detendremos a reflexionar sobre aquello que, aunque forma parte de la vida de todos, rara vez se nombra en voz alta.



