
Reconocemos la cara, la sonrisa, quizá hasta recordamos qué ocurrió unos minutos antes de
que alguien apretara el botón de la cámara. Y, sin embargo, al mirarla sentimos una extraña
distancia.
¿De verdad yo era así?
Sí.
Lo fuimos.


María Piña
Hay una pregunta que me acompaña cada vez que llega septiembre:
¿Cómo empezamos una nueva etapa sin olvidar todo lo que hemos vivido para llegar hasta aquí?
Siempre he sentido que septiembre marca mi verdadero comienzo de año, más incluso que enero. Es el mes en el que recupero proyectos que quedaron en pausa, organizo nuevas ideas, vuelvo a escribir objetivos y me lleno de ilusión por todo lo que quiero construir durante los próximos meses.
Me gustan los nuevos comienzos. Me gusta la sensación de que algo nuevo está por empezar. Me gusta ese impulso que nos invita a mirar hacia delante y preguntarnos qué queremos hacer con el tiempo que tenemos por delante.
Sin embargo, con los años he descubierto algo que ha cambiado mi forma de vivir estas fechas. Los nuevos comienzos existen. Lo que no existe es empezar desde cero. Y quienes hemos migrado lo sabemos mejor que nadie. Porque cuando hacemos las maletas y dejamos atrás un país, una familia, unas costumbres o incluso una versión de nosotras mismas, parece que estamos comenzando una vida completamente nueva.
Pero no llegamos vacías. Llegamos con nuestra historia, nuestras experiencias, nuestros aprendizajes, nuestros miedos, nuestras cicatrices, y también con una fortaleza que muchas veces todavía no sabemos que tenemos.
Quizás por eso septiembre me gusta tanto. Porque me invita a mirar hacia adelante sin olvidar todo lo que he recorrido para llegar hasta aquí.
Este verano tuve tiempo para descansar, reflexionar y observar algunas cosas con más calma. Y comprobé, una vez más que la mujer que hoy escribe estas líneas no es exactamente la misma que se despidió antes de las vacaciones, tampoco es la misma que hace años decidió migrar buscando nuevas oportunidades y un futuro diferente. Y Hay algo muy hermoso en reconocerlo. Porque durante mucho tiempo pensé que crecer significaba convertirme en alguien distinto y hoy creo que crecer consiste en acercarnos cada vez más a quienes realmente somos.
Migrar tuvo mucho que ver con ese aprendizaje.
Cuando una mujer migra no solo cambia de lugar, esto es algo que suelo decir con frecuencia, porque también cambia su manera de mirar el mundo, aprende a adaptarse, a resolver problemas que nunca imaginó que tendría que enfrentar, a convivir con la incertidumbre, a levantarse cuando las cosas no salen como esperaba y descubre capacidades que quizás nunca habría conocido si hubiera permanecido siempre en el mismo lugar.
No fue un camino perfecto, tampoco sencillo.
Hubo momentos de duda, momentos de cansancio. y un agotamiento mental que en días se hacía insoportable. Momentos en los que me pregunté si estaba haciendo lo correcto. Momentos en los que eché de menos a las personas que amo. Y momentos en los que sentí que pertenecía un poco aquí y un poco allí.
Durante mucho tiempo pensé que esa sensación desaparecería. Hoy sé que no y sé que no tiene por qué hacerlo.
Porque nuestra identidad no se rompe cuando migramos, se expande. Somos la suma de nuestras raíces, de nuestras experiencias y de todo aquello que hemos aprendido a lo largo del camino. Somos la mujer que fuimos, la que somos hoy y la que seguimos construyendo cada día.
Por eso este septiembre vuelve a ilusionarme. Porque llegan nuevos proyectos, nuevos retos, nuevos aprendizajes y oportunidades para seguir creciendo.
Pero no empiezo desde cero. Empiezo desde todo lo vivido.
Desde cada experiencia que me ayudó a avanzar, cada error que me enseñó algo valioso, cada desafío que me recordó que era más fuerte de lo que imaginaba.
Quizás esa sea una de las grandes enseñanzas de la experiencia migrante que seguimos avanzando, seguimos construyendo, seguimos aprendiendo y seguimos soñando. No porque el camino sea fácil. Sino porque hemos aprendido a caminar incluso cuando no vemos con claridad todo lo que hay más adelante.
Por eso, al comenzar este septiembre, no quiero preguntarte qué vas a empezar.
Quiero preguntarte ¿Qué versión de ti ha regresado después de este verano? ¿Qué has descubierto? ¿Qué has confirmado? ¿Qué has aprendido sobre ti misma en estos últimos meses?
Yo regreso con gratitud y nuevas ideas. Con más calma y con más ilusión.
Regreso con la certeza de que los nuevos comienzos son mucho más poderosos cuando reconocemos todo lo que hemos vivido para llegar hasta ellos.
Bienvenida de nuevo a este espacio.
Gracias por seguir caminando conmigo. Porque septiembre puede ser un nuevo comienzo.
Pero ninguno de nuestros comienzos parte de cero.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo,
Periodista, escritora y conferenciante. Fundadora y presidenta del Ecosistema Mujer y Poder e impulsora de proyectos para la visibilidad y el liderazgo de las mujeres migrantes.



