
Mujer Migrante — Más allá del viaje: la culpa de ser feliz lejos de casa
María Piña
Durante años pensé que lo más difícil de migrar era convivir con la tristeza.
La culpa.
Y, para mi sorpresa, no aparecía cuando las cosas iban mal, si no, cuando empezaban a ir bien.
Recuerdo la ilusión de poder ofrecer a mis hijos experiencias que durante mucho tiempo parecían inalcanzables.
Una de esas preguntas que llegan sin pedir permiso.
Esa necesidad de medir las palabras cuando algo bueno nos ocurre.
De no celebrar demasiado.
Por si alguien interpreta que nos hemos olvidado de nuestras raíces.
He escuchado esta realidad una y otra vez en mujeres migrantes de diferentes países y generaciones.
"No cuento todo lo bueno que me pasa"
"Me siento afortunada, pero también un poco culpable"
"A veces me cuesta celebrar ciertas cosas"
"No quiero que piensen que me olvidé de ellos"
Y lo más curioso es que, en la mayoría de los casos, nadie nos ha dicho nada.
La conversación sucede dentro de nosotras.
Cuando migramos solemos atravesar años difíciles trabajamos duro, empezamos desde cero, aprendemos a desenvolvernos en lugares desconocidos.
Nos adaptamos.
Nos reconstruimos.
Y lo hacemos pensando en un futuro mejor.
Para nosotras.
Para nuestros hijos.
Para nuestras familias.
Por eso resulta paradójico que, cuando ese futuro empieza a parecerse al que soñábamos, aparezca la sensación de que debemos pedir disculpas por disfrutarlo.
Las mujeres migrantes solemos cargar con muchas responsabilidades visibles e invisibles.
Tenemos derecho a celebrar sin culpa.
Porque gran parte del esfuerzo que hicimos para llegar hasta aquí nació precisamente de ese deseo.
El deseo de vivir mejor.
De ofrecer oportunidades.
De construir una vida más estable.
De abrir caminos para quienes vienen detrás.
Quizás por eso cada vez estoy más convencida de que la felicidad no debería convertirse en una carga, ni en una deuda, ni en un motivo para sentir vergüenza.
Podemos preocuparnos por nuestra familia y, al mismo tiempo, celebrar una buena noticia.
Porque la felicidad no borra el camino recorrido.
También forma parte de él.
Y quizás haya llegado el momento de permitirnos vivirla sin pedir perdón por ello.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo,
María Piña
Periodista y creadora de las Jornadas Mujeres Migrantes


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