Mujer Migrante — Más allá del viaje: la culpa de ser feliz lejos de casa

Queridas amigas, gracias por estar aquí un domingo más...Algunas mujeres migrantes aprendemos a ocultar la tristeza para no preocupar a quienes amamos. Otras veces, sin embargo, descubrimos algo todavía más difícil de explicar: la culpa que aparece cuando la vida empieza a ir bien lejos de casa. Una reflexión sobre la felicidad, la gratitud y esos sentimientos que acompañan a muchas mujeres migrantes cuando alcanzan metas que un día parecían imposibles.
Mujer Migrante19/07/2026María PiñaMaría Piña

Mujer migrante más allá del viaje
Mujer migrante más allá del viaje

Durante años pensé que lo más difícil de migrar era convivir con la tristeza. Echar de menos a la familia. Perderme cumpleaños, celebraciones y momentos importantes. Aprender a vivir lejos de las personas que más quería. Con el tiempo descubrí que existe otra emoción de la que casi nunca hablamos.

La culpa.

Y, para mi sorpresa, no aparecía cuando las cosas iban mal, si no,  cuando empezaban a ir bien.

Recuerdo la ilusión de poder ofrecer a mis hijos experiencias que durante mucho tiempo parecían inalcanzables. Viajes, planes familiares, momentos que cualquier madre desea compartir con las personas que más quiere. Y, sin embargo, junto a la alegría aparecía una pregunta incómoda.

Una de esas preguntas que llegan sin pedir permiso. "¿Qué pensarán los que se quedaron?" Porque muchas mujeres migrantes conocemos bien esa sensación.

Esa necesidad de medir las palabras cuando algo bueno nos ocurre.

De no contar demasiado.

De no mostrar demasiado.

De no celebrar demasiado.

Por si alguien interpreta que nos hemos olvidado de nuestras raíces. Por si alguien piensa que ahora vivimos bien y ya no nos acordamos de quienes siguen allí. Por si alguien cree que hemos cambiado.

He escuchado esta realidad una y otra vez en mujeres migrantes de diferentes países y generaciones.

"No cuento todo lo bueno que me pasa"

"Me siento afortunada, pero también un poco culpable"

"A veces me cuesta celebrar ciertas cosas"

"No quiero que piensen que me olvidé de ellos"

Y lo más curioso es que, en la mayoría de los casos, nadie nos ha dicho nada. Nadie nos ha reprochado nuestra felicidad. Nadie nos ha acusado de abandonar a los nuestros.

La conversación sucede dentro de nosotras. Porque la culpa, muchas veces, nace del amor, del vínculo, de la gratitud. De recordar constantemente el lugar del que venimos y a las personas que formaron parte de nuestro camino.

Cuando migramos solemos atravesar años difíciles trabajamos duro, empezamos desde cero, aprendemos a desenvolvernos en lugares desconocidos.

Nos adaptamos.

Nos reconstruimos.

Y lo hacemos pensando en un futuro mejor.

Para nosotras.

Para nuestros hijos.

Para nuestras familias.

Por eso resulta paradójico que, cuando ese futuro empieza a parecerse al que soñábamos, aparezca la sensación de que debemos pedir disculpas por disfrutarlo. Como si la felicidad tuviera que justificarse. Como si sentirnos bien fuera una forma de traicionar a quienes queremos y con el paso de los años he comprendido que celebrar nuestros logros no significa olvidar nuestras raíces, disfrutar de una etapa tranquila no significa dejar de preocuparnos por quienes amamos, viajar con nuestros hijos no significa que hayamos dejado atrás nuestra historia y que construir una vida mejor no significa que el amor hacia nuestra familia sea menor.

Las mujeres migrantes solemos cargar con muchas responsabilidades visibles e invisibles. Pensamos en quienes están aquí, en quienes permanecen allí. Intentamos acompañar a unos y a otros. Y en medio de todo eso, a veces olvidamos que tenemos derecho a sentir alegría, a disfrutar de aquello que hemos conseguido.

Tenemos derecho a celebrar sin culpa.

Porque gran parte del esfuerzo que hicimos para llegar hasta aquí nació precisamente de ese deseo.

El deseo de vivir mejor.

De ofrecer oportunidades.

De construir una vida más estable.

De abrir caminos para quienes vienen detrás.

Quizás por eso cada vez estoy más convencida de que la felicidad no debería convertirse en una carga, ni en una deuda, ni en un motivo para sentir vergüenza. Podemos echar de menos a quienes amamos y, al mismo tiempo, disfrutar de una tarde feliz con nuestros hijos y familia en el país de acogida.

Podemos preocuparnos por nuestra familia y, al mismo tiempo, celebrar una buena noticia. Podemos mirar hacia nuestras raíces sin renunciar a los frutos de todo lo que hemos construido.

Porque la felicidad no borra el camino recorrido.

También forma parte de él.

Y quizás haya llegado el momento de permitirnos vivirla sin pedir perdón por ello.

Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.

Un fuerte abrazo,

María Piña
Periodista y creadora de las Jornadas Mujeres Migrantes

 

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