
¿LEEMOS O (SCROL)LEEMOS?

La emoción de tener un libro nuevo entre las manos te embarga, el tacto de las páginas es embriagador. Te pierdes en tu sillón preferido dispuesta a empezar otra interesante historia. Sin embargo, has cometido un pequeño error, el móvil está junto a ti, como una extensión de tu cuerpo, te mira y te dice: “léeme”, “cógeme”, “mírame un poquito”.
Un sudor frío y una oleada de placer te tienta, sin embargo, vuelves a mirar el libro, lo tocas, lo hueles, lo sujetas en tu regazo y vuelves a leer el título: Corazón tan blanco, Javier Marías. Abres el libro, los personajes te esperan y la historia te cautiva: “No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hace mucho se casó, al regresar de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sujetador y se disparó un tiro en el corazón”.
Las palabras te impactan y reflexionas sobre la crudeza de la narrativa y eres capaz de imagina la escena de manera cinematográfica. El eco de las palabras de Javier Marías es rotundo y la intriga te ha cautivado. La historia comienza a tomar vida, te atrapa, los personajes te esperan al otro lado del papel. Estás convencida de que prestarás más atención, que el móvil es secundario, no necesitas tanta información que te satura aunque a veces te sea útil. Te sientes poderosa, has vuelto a tomar el control de tu tiempo y de tu placentera lectura.
Recuperar el placer de la lectura se ha convertido en un pequeño acto de resistencia frente al scroll infinito.
Las palabras de la novela fluyen, somos protagonistas de la historia pero… La pantalla se ilumina, un destello, una leve luz que rompe la magia. Apartas el libro abierto boca abajo para no sentir la vergüenza del abandono e imitando la curiosidad de Pandora con su peligrosa caja, lo coges y lo enciendes.
Acabas de empezar un viaje hipnótico y sin retorno. La dopamina hace su trabajo mientras scrolleas. El algoritmo se convierte en un catalizador ausente y la sucesión de memes, noticias trágicas, noticias absurdas, vídeos y anuncios rompen la paz y la lectura placentera. Levantas la vista y te sientes algo mareada, ves la hora y han pasado ¡40 minutos!. Observas el libro cargada de culpabilidad y fatiga mental. No eres capaz de recordar toda información recibida pero ha sido placentero.
Te preguntas si de verdad vas a permitir que una máquina gane la batalla y arruine tu tarde. Te sientes como la heroína de las películas en las que tienes que salvar al mundo ante la invasión de ciborgs. Eres Sarah Connor enfrentándose al móvil terminator. Coges el móvil con rabia, firmeza y determinación y lo guardas en un cajón.
Vuelves a tu sillón, acaricias las páginas del libro, prometes que la tecnología no le robará más páginas. Miras por la ventana. El atardecer tiñe tu propia escena de reflexión y lectura. Con una falsa timidez, miras el cajón donde guardas a “Terminator” y sonríes con la certeza del triunfo.



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