
Las mujeres migrantes que cuidan también necesitan ser cuidadas
María Piña
Hoy pienso en muchas de las mujeres migrantes que trabajan en el cuidado de otras vidas.
Pienso en las historias que he escuchado en encuentros, en conversaciones que empiezan hablando de trabajo y terminan revelando algo mucho más profundo: el peso emocional que acompaña a quienes dedican su día a sostener la vida de otros.
El pasado viernes, en un encuentro con mujeres migrantes en la provincia de Huelva, escuchaba hablar precisamente de esto.
Una de las compañeras compartía una reflexión que me dejó pensando: el fuerte apego que muchas mujeres terminan desarrollando hacia las personas a las que cuidan.
Un vínculo que nace del día a día, de la convivencia, de los pequeños gestos que se repiten durante años. Y en medio de ese afecto sincero, a veces ocurre algo que merece ser nombrado y es que algunas mujeres llegan a olvidarse de que también son profesionales. No porque falte compromiso, sino porque el cuidado tiene esa capacidad de traspasar las fronteras del trabajo y entrar en el terreno de lo emocional.
Hay un momento que se repite en muchas de las conversaciones que mantengo. Llega cuando la charla avanza y la confianza empieza a abrirse paso. Entonces la voz baja ligeramente, como si aquello que se va a decir todavía necesitara permiso para existir. En ese instante aparecen las verdades que casi nunca se cuentan: el insomnio que llega después de años levantándose temprano, la opresión en el pecho los domingos por la tarde, la sensación de habitar siempre en casa ajena, de ser imprescindibles para una familia que no es la propia y, al mismo tiempo, invisibles para un sistema que rara vez se detiene a mirarlas.
Muchas de estas mujeres cargan con una responsabilidad enorme. Cuidan a personas mayores, acompañan procesos de enfermedad, sostienen hogares enteros. Lo hacen con una entrega que va mucho más allá de lo que puede escribirse en un contrato.
Con el tiempo nace también el cariño, ese vínculo silencioso que surge del roce diario, de aprender a interpretar gestos, de saber cuándo alguien necesita simplemente compañía o una mano que sostenga la suya. He escuchado historias que hablan de ese afecto profundo. Mujeres que recuerdan con ternura el nombre de cada nieto de la persona a la que cuidan, que saben cuál es su comida favorita, que celebran pequeños progresos como si fueran propios. Y, sin embargo, cuando llega el fin de semana y la familia visita la casa, ellas se apartan discretamente, como si su presencia dejara de formar parte de la escena.
Hay despedidas que también se viven en silencio. Cuando la persona cuidada fallece, el vínculo construido durante años desaparece de un día para otro. No hay rituales de despedida ni tiempo para procesar el duelo. A la tristeza se suma muchas veces la incertidumbre económica, porque con esa vida que se apaga también suele marcharse el ingreso que sostenía el mes. La vida continúa, y con ella la búsqueda de otro trabajo, de otra casa, de otra historia que empezar.
La mayoría de estas mujeres no dispone de espacios donde hablar de lo que siente. En sus países muchas tenían redes cercanas: amigas, vecinas, familiares con quienes compartir las cargas del día a día. Aquí el silencio termina ocupando ese lugar. No siempre por elección, sino porque el tiempo es escaso, la estabilidad frágil y el miedo a perder el trabajo pesa más que la necesidad de desahogarse.
La salud mental aparece entonces como un lujo distante. Las consultas psicológicas resultan inalcanzables para quienes deben priorizar cada euro que envían a sus familias. El malestar encuentra otras formas de manifestarse: cansancio acumulado, dolores persistentes, una tristeza que a veces no encuentra palabras.
Por eso, cuando hablamos de cuidados, también deberíamos mirar a quienes los sostienen. Reconocer su trabajo implica algo más que agradecerlo. Significa pensar en políticas públicas que contemplen su bienestar, en espacios donde puedan ser escuchadas, en redes de apoyo que les permitan compartir lo que pesa sin sentir que están fallando.
Las mujeres migrantes han sostenido durante años una parte esencial de la vida cotidiana de nuestras sociedades. Cuidan a nuestros mayores, acompañan nuestra infancia y mantienen en pie muchos hogares. Su presencia forma parte de esa estructura silenciosa que permite que todo funcione.
Quizá ha llegado el momento de hacer una pregunta sencilla y necesaria:
¿Y tú, cómo estás? Y quedarnos el tiempo suficiente para escuchar la respuesta.
Gracias por vuestra entrega y compromiso, por el amor que compartís cada día con quienes cuidáis. Recordad siempre: para cuidar a otros, primero debemos cuidarnos a nosotras mismas, porque el mejor amor, es el propio.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo,
María Piña
Periodista y creadora de las Jornadas Mujeres Migrantes
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