
Mujeres migrantes: cuando los derechos se convierten en vida
María Piña
Hay cifras que ayudan a comprender el momento que vivimos. Según datos de Eurostat, España fue el país de la Unión Europea que más primeros permisos de residencia emitió recientemente, una realidad que habla de un país en transformación y de miles de historias que comienzan de nuevo.
Detrás de cada cifra hay personas. Hay mujeres que cruzaron fronteras con una mezcla de esperanza y valentía, mujeres que reorganizan sus vidas mientras sostienen familias, cuidan a otros y encuentran la manera de levantar comunidad incluso en los momentos más difíciles.
En ese contexto, la conversación sobre derechos adquiere una dimensión profundamente humana. Un permiso de residencia abre la posibilidad de un proyecto de vida, y ese proyecto necesita apoyarse en derechos reales: acceso a la vivienda, empleo digno, reconocimiento de títulos, atención sanitaria y acompañamiento institucional. Cuando esos derechos se materializan, la integración deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una experiencia vivida.

Valeri Nobili CEO en Grupo Nobili. Asesores Internacionales, Gestión Administrativa y Extranjería. Foto del primer Encuentro Andaluz Mujer Migrante y Economía, Córdoba, sep. 2025.
El Foro para la Integración Social de los Inmigrantes señalaba en uno de sus informes recientes que todavía existen obstáculos en ámbitos como el empadronamiento, la homologación de estudios o la brecha digital. Muchas mujeres migrantes conocen bien esas dificultades, sobre todo cuando sus trayectorias laborales se vinculan al trabajo de cuidados o a procesos administrativos que avanzan con lentitud.
Aun así, cada día vemos cómo esas mismas mujeres levantan redes de apoyo, crean comunidad y transforman la experiencia migrante en una fuente de fortaleza colectiva. Esa capacidad de sostener la vida también forma parte del liderazgo que ejercemos muchas veces sin nombrarlo.
Como cada año, en estas fechas he tenido la oportunidad de asistir a distintos actos para conmemorar el 8M. Me llena de satisfacción comprobar cómo la conversación sobre nosotras, las mujeres migrantes, y sobre lo que aportamos a nuestras sociedades sigue viva. Se escucha en las calles, en espacios culturales, en universidades y también desde las instituciones que poco a poco incorporan esta mirada en sus agendas públicas. Esa presencia en la conversación colectiva abre caminos y contribuye a que nuestras experiencias formen parte del relato común.
Cuando pienso en lo que necesitamos para avanzar, tres palabras vuelven una y otra vez: reconocer, reparar y redistribuir.
Reconocer significa poner nombre a lo que las mujeres migrantes ya aportamos a nuestras comunidades. Nuestro trabajo sostiene sectores esenciales, nuestras culturas enriquecen el tejido social y nuestras redes de cuidado acompañan la vida de muchas familias.
Reparar implica mirar con honestidad las brechas que todavía existen y trabajar para que los derechos lleguen de forma efectiva a la vida diaria de quienes los necesitan.
Redistribuir nos invita a comprender que los cuidados sostienen la sociedad y que esa responsabilidad debe ser compartida entre instituciones, empresas y ciudadanía.
En estos días también he sentido de cerca el valor simbólico del reconocimiento. Dentro del Festival Quejío Córdoba con Grito de Mujer, que celebra su duodécima edición bajo el lema “Sin Fronteras”, se ha incluido una fotografía mía junto a la de otras dos mujeres migrantes referentes en la ciudad. Agradezco con cariño a coordinadores del festival, la deferencia de invitarme a formar parte de esta exposición. Formo parte de este proyecto desde sus inicios y verlo crecer durante doce años como un espacio de arte, palabra y conciencia tiene para mí un significado muy especial.
Las representaciones importan porque crean referentes y abren horizontes. Cuando una mujer migrante se reconoce en otra historia, en otra voz o incluso en una imagen, descubre que su camino también tiene lugar en la memoria colectiva de la ciudad.
La escritora chilena Isabel Allende lo expresó con una imagen que sigue teniendo sentido para muchas de nosotras:
"El exiliado mira hacia el pasado, lamiéndose las heridas; el inmigrante mira hacia el futuro, dispuesto a aprovechar las oportunidades a su alcance."
Quizá por eso las mujeres migrantes caminamos con la memoria en el corazón y el futuro entre las manos.
Que este Día Internacional de las Mujeres nos encuentre más visibles, más escuchadas y más unidas, porque cuando una mujer migrante avanza, también avanza la sociedad que la acoge.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo.
María Piña
Periodista y creadora de Jornadas Mujeres Migrantes


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