EL FEMINISMO QUE UNÍA, Y EL FEMINISMO QUE DIVIDE

Actualidad08/03/2026 Por Patricia Expósito Díaz

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Pioneras del feminismo

El Día Internacional de la Mujer, conmemorado cada 8 de marzo, nació como una jornada de memoria histórica y de reivindicación cívica: un momento destinado a recordar a las mujeres que, con determinación y valentía, abrieron camino en la conquista de derechos que hoy muchos consideran incuestionables. El acceso al sufragio, a la educación superior, al trabajo en condiciones de dignidad o a la plena participación en la vida pública no fueron concesiones espontáneas de la historia, sino el fruto de luchas prolongadas y, en ocasiones, profundamente ingratas. Aquellas reivindicaciones, en su origen, no se adscribían a una ortodoxia ideológica concreta ni respondían a intereses partidistas; se articulaban, sencillamente, en torno a una exigencia elemental de justicia.

No obstante, en las últimas décadas (y de forma especialmente visible en España y en buena parte de Europa) el significado público del 8M parece haber experimentado una mutación significativa. Lo que debería constituir un espacio de reflexión compartida y de reconocimiento transversal, ha derivado con frecuencia en un escenario de confrontación política. El feminismo, concebido históricamente como un movimiento orientado a la igualdad jurídica, y social entre hombres y mujeres, aparece cada vez más encapsulado en marcos ideológicos específicos, y es utilizado como instrumento de disputa partidista. Y cuando una causa de vocación universal, queda subsumida en la lógica de la polarización política, inevitablemente pierde parte de su capacidad de convocar consensos amplios.

Esta deriva no solo empobrece la calidad del debate público, también desfigura, en cierta medida, el legado intelectual, y moral del feminismo histórico. Figuras como Clara Campoamor, cuya defensa del sufragio femenino en España constituyó uno de los hitos más notables de la historia parlamentaria del país, apelaron siempre a principios de validez universal: la igualdad ante la ley, la dignidad de la persona y la extensión de los derechos civiles. Su lucha no aspiraba a erigir una nueva ortodoxia ideológica, sino a ampliar el horizonte de libertad y ciudadanía.

Mujer migrante participando en el I Encuentro Andaluz Mujer Migrante y Economía en CórdobaDerechos de la mujer migrante: del acceso a la vida real

Conviene, por ello, formular una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué se conmemora hoy realmente cada 8 de marzo? ¿La memoria de una lucha histórica por la igualdad, o la consolidación de un relato político cada vez más estrecho y excluyente? Recuperar el sentido originario del 8M no implica ignorar los desafíos que todavía persisten, sino precisamente lo contrario: reivindicar un feminismo capaz de mantenerse fiel a su vocación universalista, ajeno a la apropiación partidista y abierto a la pluralidad de miradas que conforman una sociedad democrática. Porque una causa tan fundamental como la igualdad entre hombres y mujeres difícilmente puede prosperar si se reduce a la lógica de las trincheras ideológicas.

EL FEMINISMO HISTÓRICO: UNA LUCHA POR DERECHOS, NO POR BANDERAS

Para comprender con honestidad el significado del Día Internacional de la Mujer, resulta imprescindible volver la mirada hacia el feminismo histórico, aquel que surgió como una reivindicación clara y concreta: la igualdad jurídica y civil entre hombres y mujeres. No se trataba de una construcción ideológica compleja ni de una identidad política cerrada, sino de una exigencia moral basada en un principio elemental: que el sexo de una persona no podía determinar la extensión de sus derechos.

En España, una de las figuras más representativas de esa lucha fue Clara Campoamor, cuya defensa del sufragio femenino durante la Segunda República Española constituyó uno de los momentos más decisivos de la historia parlamentaria del país. Su célebre intervención en las Cortes de 1931 no fue un alegato ideológico, sino una apelación directa a los principios más básicos de la democracia: si la igualdad ante la ley era un valor fundacional, excluir a las mujeres del voto resultaba sencillamente indefendible.

Pero Campoamor no fue una excepción aislada. A su lado, y en ocasiones en circunstancias aún más adversas, otras mujeres desempeñaron un papel fundamental en la conquista de derechos. Emmeline Pankhurst, líder del movimiento sufragista en Reino Unido, simbolizó la determinación con la que muchas mujeres europeas reclamaron el derecho al voto frente a un sistema político que las ignoraba. En el ámbito intelectual, pensadoras como Simone de Beauvoir contribuyeron a replantear el papel social de la mujer en la cultura occidental, ampliando el debate sobre la libertad, la identidad y la autonomía personal.

Más atrás en el tiempo, ya en el siglo XVIII, voces pioneras como Mary Wollstonecraft habían formulado una de las primeras defensas sistemáticas de la igualdad educativa y civil entre hombres y mujeres. Su obra sentó las bases filosóficas de lo que posteriormente se convertiría en el movimiento feminista moderno.

En España, además de Campoamor, figuras como Concepción Arenal o Emilia Pardo Bazán, desempeñaron un papel decisivo en la defensa de la educación femenina y en la crítica de las limitaciones sociales impuestas a las mujeres. Desde distintos ámbitos como: el pensamiento jurídico, la literatura o la reflexión social, se contribuyó a abrir espacios de participación intelectual y pública, que hasta entonces habían estado prácticamente vedados.

Todas estas mujeres, con trayectorias y sensibilidades muy diferentes, compartían sin embargo un mismo horizonte moral: la ampliación de derechos y oportunidades. No luchaban por sustituir una hegemonía por otra, ni por establecer nuevas divisiones sociales, sino por integrar a la mujer en la plena ciudadanía. El feminismo, en su raíz histórica, fue ante todo un movimiento emancipador que aspiraba a corregir una desigualdad evidente.

EUROPA Y LA CONSOLIDACIÓN DE LA IGUALDAD JURÍDICA

Si se observa el panorama contemporáneo de Europa, resulta innegable que gran parte de aquellas reivindicaciones históricas han sido incorporadas al marco jurídico y político de las democracias europeas. Instituciones como la Unión Europea (UE) han desarrollado durante décadas políticas orientadas a garantizar la igualdad legal entre hombres y mujeres, desde la prohibición de la discriminación laboral, hasta el impulso de medidas de conciliación o protección frente a la violencia.

En términos normativos, Europa constituye hoy una de las regiones del mundo donde la igualdad formal entre hombres, y mujeres está más ampliamente reconocida. Esto no implica que todos los problemas estén resueltos, ni que no existan desigualdades, o desafíos pendientes, pero sí obliga a reconocer, que el contexto actual dista enormemente del que enfrentaron las pioneras del feminismo.

La memoria de aquellas luchas debería, por tanto, invitarnos a una reflexión serena: el feminismo europeo no se desarrolló contra la democracia liberal, sino en gran medida gracias a ella. Fue el avance de los sistemas parlamentarios, del constitucionalismo y del reconocimiento de los derechos civiles lo que permitió que las demandas feministas encontraran finalmente cauces institucionales.

LA POLITIZACIÓN CONTEMPORÁNEA DEL 8M

En este contexto, la transformación del Día Internacional de la Mujer en una jornada cada vez más marcada por la confrontación política resulta, cuanto menos, paradójica. En España, especialmente durante la última década, el 8 de marzo ha adquirido una dimensión partidista que a menudo eclipsa su significado histórico.

Buena parte del debate público en torno al feminismo, ha quedado estrechamente vinculado a determinadas agendas políticas e institucionales, como las impulsadas desde el Ministerio de Igualdad a lo largo de los últimos años. Esto ha contribuido, a que el feminismo sea percibido por muchos ciudadanos no como una causa transversal, sino como una posición ideológica asociada a un sector concreto del espectro político.

Cuando una causa social se identifica excesivamente con una sola corriente ideológica, corre el riesgo de perder su capacidad de convocar consensos amplios. Y ese riesgo es particularmente grave en un asunto como la igualdad entre hombres y mujeres, que debería constituir uno de los pocos principios verdaderamente compartidos por la sociedad en su conjunto.

EL RIESGO DE REDUCIR EL FEMINISMO A UNA ORTODOXIA

La consecuencia más preocupante de esta evolución, es que el feminismo corre el riesgo de transformarse, a ojos de muchos ciudadanos, en una ortodoxia ideológica. En lugar de un espacio plural de reflexión sobre la igualdad, se presenta con frecuencia como un marco doctrinal cerrado, donde determinadas posiciones se consideran legítimas, y otras quedan automáticamente descalificadas.

Sin embargo, la historia demuestra que el feminismo nunca fue un bloque monolítico. Las propias pioneras del movimiento discreparon en múltiples ocasiones sobre estrategias, prioridades o diagnósticos. Esa pluralidad no debilitó el feminismo, por el contrario, contribuyó a enriquecerlo, y a hacerlo intelectualmente más sólido.

Reducir hoy el feminismo a una única narrativa política no solo empobrece el debate, sino que, también, distorsiona su tradición histórica.

RECUPERAR EL SENTIDO DEL 8 DE MARZO

Quizá el verdadero desafío del Día Internacional de la Mujer en la Europa contemporánea, consista precisamente en recuperar su dimensión original: la de una jornada de memoria a las mujeres que lucharon por los derechos fundamentales, la reflexión acerca de los avances alcanzados, y los desafíos que aún persisten, y el reconocimiento de la igualdad entre ambos géneros, y como esta no pertenece a ningún partido o ideología particular.

El legado de mujeres como Clara Campoamor, Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán, Mary Wollstonecraft o Emmeline Pankhurst, no debería convertirse en patrimonio de una corriente política concreta. Su lucha pertenece a la historia común de las sociedades democráticas.

Honrar el 8 de marzo implica, por tanto, algo más que repetir consignas o participar en rituales políticos. Implica recordar que la igualdad es una conquista colectiva que trasciende ideologías, generaciones y fronteras.

Porque si el feminismo aspira a seguir siendo una causa verdaderamente emancipadora, difícilmente podrá prosperar encerrado en trincheras partidistas. Solo recuperando su vocación universal (la misma que inspiró a sus pioneras) podrá seguir siendo un movimiento capaz de unir, en lugar de dividir, a la sociedad a la que pretende servir.

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