
MUJER MIGRANTE: Más allá del viaje
María Piña
Hay momentos en la vida que no llevan fecha, pero llevan marca. Son esos instantes en los que una se detiene, respira hondo y se reconoce: ¡Mira hasta dónde he llegado! no porque el camino haya sido recto, sino porque, aun torcido y lleno de dudas, una eligió seguir caminando.
Migrar no es un acto que termina al cruzar una frontera. Migrar es levantarse cada día en un lugar donde casi todo es nuevo: las palabras, los gestos, los silencios, los horarios, las miradas. Migrar es aprender a sostenerse mientras se aprende a pertenecer. Y en ese equilibrio tan frágil como valiente, las mujeres migrantes hacemos algo que a veces nadie ve: reconstruimos nuestras vidas desde adentro.
A veces nos sentimos invisibles, como si existiéramos entre paréntesis. Otras veces sentimos que cargamos demasiado: las remesas, la nostalgia, la responsabilidad, la esperanza. Pero incluso en esos días duros, algo dentro de nosotras sigue latiendo con fuerza: nuestras raíces. No las que atan, sino las que acompañan. Las que recuerdan quiénes somos. Las que nos sostienen cuando el mundo parece moverse demasiado rápido. Yo, con mi corazón dividido entre mi origen dominicano, mi crianza en Panamá y más de veinte años construyendo vida en España, lo sé bien: esas raíces son nuestro sello más íntimo, el latido que llevamos a donde sea que vayamos.
Hoy nace este espacio —Mujer Migrante: Más allá del viaje— para traer luz a esas raíces, a esas experiencias, a esos latidos compartidos. Es un lugar para hablarnos con honestidad, con ternura y también con coraje. Un lugar donde ninguna palabra tiene que pedir permiso.
Quiero que aquí hablemos de lo que realmente nos pasa:
De la soledad que a veces da miedo decir en voz alta.
De la fuerza que descubrimos sin buscarla.
De las oportunidades que creamos mientras otras puertas tardan en abrirse.
De los trabajos que dignifican y también de los que exigen más de lo justo.
De las historias que guardamos en silencio y que merecen ser escuchadas.
Porque no somos una estadística.
No somos un trámite pendiente.
No somos un perfil en un formulario.
Somos mujeres que avanzan incluso cuando el suelo no está firme.
Y aunque a veces sintamos que caminamos solas, la verdad es que formamos parte de una red viva. Una red que crece en la calle, en los mercados, en los trabajos, en las escuelas, en la comunidad, y sí… también en ese grupo de WhatsApp donde todas nos apoyamos. Esa red es una prueba de que, aunque estemos lejos de nuestra primera tierra, no hemos perdido la capacidad de florecer.
Esta columna será un abrazo y una brújula a la vez. Un abrazo que reconozca lo vivido y una brújula que acompañe lo que viene.
Cada semana traeré una reflexión, una historia, una herramienta, una pregunta que nos acerque un poco más a lo que queremos construir. Porque migrar también es eso; construir a pesar del miedo, a pesar del cansancio, a pesar de las dudas. Y construir con otras siempre es más posible.
Si hoy te encuentras cansada o confundida, si sientes que avanzas despacio o que te falta aire… está bien. No tienes que demostrar fortaleza todos los días. Respira. Pon una mano sobre tu pecho. Siente tu propio pulso. Ese pulso es la prueba de que sigues aquí, de que sigues de pie, de que sigues abriendo camino aunque no siempre lo notes.
Hoy empieza este nuevo espacio.
Lo que viene después, lo caminamos juntas.
Que tu semana te encuentre con calma, claridad y un poquito más de fe en ti misma.
Nos encontramos en la próxima entrega de Mujer Migrante — Más allá del viaje.
Un fuerte abrazo,
María Piña, periodista y creadora de Jornadas Mujeres Migrantes




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